“Volodia Teilelboim, un muchacho del siglo XX, comienza a nacer”

Por: Luis E. Aguilera

La relevancia y la grandeza del legado de Volodia Teitelboim, (17 de marzo de 1916, Chillán, Chile), no solo está dada en ser el amigo, sino uno de los más grandes políticos, compañeros e intelectuales chilenos. Nos dejó un tremendo vacío  en la política e intelectualidad nacional e internacional, muy difícil de recuperar 
Este compañero nuestro, fue abogado, Diputado, Senador y Secretario General del Partido Comunista de Chile entre 1989 y 1994.Durante este periodo el tenia prohibido su ingreso al país, como tantos otros, Gladis Marin, Mireya Baltra, Américo Zorrilla, Luis Corvalán, Manuel Cantero, etc.,. etc. Sin embargo, recuerdo que ese año 1989, nos reencontramos nuevamente, en el XV Congreso del partido Comunista de Chile, que se realizaba en nuestro país en forma clandestina, en varios lugares de Santiago y posteriormente  nos reencontramos todos en  un sector de la costa de de quinta región. Todas las norma de seguridad del régimen dictatorial. Éramos muchos reunidos. Siempre he pensado que hubiese sido un  tremendo  golpe si nos hubieran encontrados a todos junto. Para la dictadura militar de Pinochet y su Central de Inteligencia Militar habría sido  el golpe más grande a nuestras filas; pero todo estaba bien resguardado, y programado como suele hacerlo nuestro partido.
Un de esa tantas noche (porque el congreso duraría varios días), nos reunimos una vez más, en una mesa fraterna y de camaradería, recuerdo estaban: Volodia Teitelboim, Guillermo Tellier, escritor, posteriormente secretario General y primo de ese otro gran poeta Jorge Tellier, actual Diputado, Manuel Cantero, Gladys Marín, y yo. La conversación agradable y placentera la conducía  el compañero Volodia; esa fría noche de invierno –pero llena de ese calor humano-, me contó que estaba escribiendo o finalizando su libro en homenaje a Gabriela Mistral, que después se transformaría en “Gabriela Mistral, Pública y Secreta”.
-Truenos y silencios en la vida del primer Nóbel Latinoamericano-; con la cual se sentía en deuda, por aquella “Antología de la poesía Chilena Nueva, 1935”, escrita con Eduardo Anguita; y que decidieron vanidosamente y unilateralmente dejarla fuera, era un desliz imperdonable, decía y repetía el compañero Volodia, No obstante, para mí, no dejaba de ser una interesante muestra, “una obra ejemplar, tanto desde la perspectiva de la selección de poetas como desde el intento de diseñar un cuadro general de la poesía de su tiempo, dando cuenta de sus orígenes y sus constantes estéticas. El rescate de esta obra y la posibilidad de que los lectores puedan leer a estos poetas, muchos de ellos casi olvidados, representa, además de un orgullo, un deber para toda  editorial, porque es parte de nuestro patrimonio cultural nacional y su proyección a la comunidad”, .

¡Ud. Compañero Volodia, conoce el Valle de Eliu!, le dije casi entusiasmado, ¡No! me dijo. Me agradaría un día conocer la tierra de Gabriela Mistral. Bueno le dije, ¡Qué le parece, cuando Ud. tenga listo el libro de Gabriela Mistral lo presentemos allí! Sería una magnifica idea, y finalmente me miro y respondió. ¡Así lo haremos!, varios años después cumplido la promesa echa en ese congreso clandestino de nuestro partido.

Muchas más fueron las postunidades en que nos encontramos y realizamos proyectos junto, por las noches cuando se quedaba en casa, las noches se hacían intensa de conversación, yo le preguntaba muchas cosas, el las respondía con serenidad, y agrado, era un conversador nato, me hablaba de sus próximo proyectos, que le gustaría una ves dejada la secretaria del partido, dedicarse elusivamente a las labores escritúrales, tenía muchos proyecto en camino, libros de Jorge Luis Borge, Huidobro, Pablo de Roka y tanto otros proyecto pendientes.
En mi biblioteca conservo  un pequeño busto de Gabriela Mistral, obsequiado a él en la ciudad de Vicuña, con motivo de la presentación del libro de Gabriela Mistral; -desde la ciudad de Vicuña a La Serena, (sesenta y cinco kilómetros aproximados), miraba el busto de Gabriela Mistral, una y otra vez, como si fuera conversando, dialogando con ella,  solicitando su comprensión por ¡aquella omisión-. Después de cenar, una vez sentado en el living de mi casa, frente a mi biblioteca, me la entregó diciendo, ¡Déjalo aquí!, ¡Como recuerdo de esta maravillosa peregrinación, tras las huellas de nuestra Gabriela! Ella  merece quedar en un lugar especial y ese es tu biblioteca, Hoy, ese busto está aquí, frente a mi, lo conservo de esa gran amistad que tuvimos, si bien es cierto, fue corta, peno no menos intensa, llena de proyecto, sueños y esperanzas. 
Volodia Teitelboim fue uno de los principales opositores a la dictadura de Augusto Pinochet. Exiliado en la Unión Soviética, tras el golpe militar de 1973, denunció los atropellos a los derechos humanos desde el programa “Escucha Chile”, emitido a través de la mítica Radio Moscú. Yo tengo la distinción de haber sido su  amigo y compañero, tengo el honor y el privilegio de que se quedara en mi casa cuando llegaba a nuestra región. Podría agregar además que Volodia Teitelboim, fue un compañero tranquilo, reflexivo, encantador, infatigable, de ello dan cuenta  numerosas actividades en las cuales  compartimos juntos, ya sea en alguna gira por nuestra región, Congreso del Partido Comunista en clandestinidad, cuando todos creían que Volodia Teitelboim estaba en el exilio, o cuando nos juntábamos en Chile, burlando todas las normas de seguridad que imponían los organismos de seguridad: DINA, CNI, DICOMCAR, (hoy la ANI– Agencia Nacional de Inteligencia, de la Concertación-), aparatos represivos de la dictadura militar en chile. A pesar de todo ello nos dábamos tiempo para soñar, seguir creyendo en las maravillosas utopías, organizar  diferentes proyectos culturales;  recuerdo que en uno de ellos, programamos la visita que haría algún día a La Serena y al Valle de Elqui que él no conocía;   presentaríamos un libro que estaba escribiendo de Gabriela Mistral: “Historia de una mujer hecha rudamente, a cincel, tallada de precipicios”, libro que después se transformaría en Gabriela Mistral, Pública y Secreta (1991), donde quedó estampada una dedicatoria que reza: “A Luis  Aguilera, padre de la hermosa peregrinación Mistraliana, al camarada, al escritor y amigo, el afecto de Volodia Teitelboim, Coquimbo, 15-XI-91”.– Después,  en otras de las tantas actividades que cumplimos en conjunto, me encontré en Valparaíso con él. Era un buen orador, un hombre de una facilidad de palabras y de una riqueza conceptual extraordinarias,  y me entregó otro libro: El oficio ciudadano; y en la dedicatoria manifestaba: “Para Luis Aguilera, que ejerce el oficio ciudadano con la acción cultural. Volodia Teitelboim, Valparaíso, 11-XII-1994”. Grandiosos libros de su profunda carrera literaria, que guardo como un gran legado de la gran obra escrita  por nuestro compañero. Después  me regaló Huidobro, La Marcha infinita (1993), Los dos Borges (1996), dos magníficas biografías, quizás las más completas que se han podido escribir sobre el gran Borges y Huidobro. Sería largo enumerar la cantidad de obras que nos dejó y que aún conservo. Pero esas conversaciones nocturnas en algún rincón  de mi casa, en diferentes espacios de Santiago, en la costa, en una conferencia, una entrevista,  o donde fuera, siempre recibí de él un apretón de mano y un abrazo fraterno, signos de amistad, cariño  y respeto. Uno descubría en cada una de las charlas al extraordinario ser humano que había en su interior, ese tremendo compromiso literario y político; no solamente lo  conocido; creo que soy uno de los pocos que he tenido, la fortuna, la posibilidad de contarme entre su selecto grupo de compañeros y amigos, de leer gran parte de su obra literaria, Gigantesco trabajo y disciplina que lo llevó a desarrollar magistralmente temas en los disímiles géneros literarios como el ensayo, la novela y la biografía, y que finalmente le permitió recibir el Premio Nacional de Literatura en nuestro país.  Por ello digo, confirmo,  que el Premio Nacional de Literatura (2002) se le retrazó con demasiada dedicación por parte de los poderes fácticos que todavía conviven felices con la Concertación.
Insisto, que al  conocer al compañero y amigo Volodia Teitelboim, “no conseguiría concluir con cuáles de los dos me quedaría: el gran político, el intelectual, los dos  nos han dejado un legado muy difícil de superar. Sin embargo,  establezco que entre los dos existió una comunidad, una complementación y una reciprocidad única, que dio como resultado a un compañero especial, a la altura de otros grandes de  Chile: Luis Emilio Recabarren, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Gladys Marín, Elías Lafertte, Luis Muños, Manuel Jiménez, Eliseo González, Salvattori Coppola, Guillermo Tellier, Francisco Coloane, Víctor Jara,  etc. Era un hombre de una tremenda inteligencia aplicada a objetivos de transformación revolucionaria, que aún hoy día perseguimos muchos de nosotros, sin claudicar ni vendernos al sistema”.
Puede ser que gracias a su texto “Hijo del Salitre”, leído por mí siendo niño, cuando apenas tenía once años e ingresaba a las Juventudes Comunistas,  -partido al cual Volodia Teitelboim perteneció y jamás renunció; como sí sucedió con otros tantos
tránsfugas entregados al sistema y desde allí poder lograr sus objetivos  personales-; fue que yo, de  manera casi inconsciente, entendí que los libros más lejanos podían ser los más cercanos; me hablaban por todos, incluso por los últimos habitantes de la tierra.En sus memorias Un muchacho del Siglo XX, Volodia Teitelboim (quien fuera también biógrafo de Pablo Neruda) cuenta que “ese niño que quería ser escritor prosiguió en un joven que vagó por muchos callejones sin salida, hasta finalmente transitar por dos pistas: la literatura y la política”, al iniciar su militancia, a los 16 años, en las Juventudes Comunistas.
“He sido fiel, creo que un marido ejemplar, pero durante todo este tiempo, en el ropero ha estado oculta mi amante, que es la literatura”, explicó en su momento a la agencia EFE. Por su inigualable contribución a las letras chilenas, recibió en 2002 el Premio Nacional de Literatura. Nos comenta en su biografía. Alguien comentó que Volodia Teitelboim dijo esta frase (“Ulises llega en locomotora”, 2002), que supo combinar la literatura con la política, como muy pocos lo han podido imaginar: “los escritores somos también ciudadanos, tenemos obligaciones políticas que nos llevan en determinados momentos a sacrificar parte de la escritura para cumplir esa obligación”; él lo hizo durante toda su vida, siempre, pues aún en los momentos más difíciles de su exilio nunca dejó de escribir”.
Volodia Teitelboim, cuyo verdadero nombre era Valentín, fue un hombre de una vitalidad extraordinaria, a los 72 años de edad, en las postrimerías del régimen dictatorial de Pinochet retornó a Chile legalmente. Fue promotor del cambio socialista por la vía pacífica: hizo cada cosa en forma comprometida, poniéndole toda su fuerza creativa, sin separar “cuerpo del espíritu”, sin someter el arte a la política. Así, supo respetar la autonomía de los grandes campos que regían su vida: política, literatura e historia. Volodia Teitelboim fue un gran argumentador de la unidad del pueblo, un luchador infatigable por la dignidad y los derechos de los trabajadores, un demócrata incansable. Su extensa jornada de alegrías, sacrificios y entrega, se prolongó por más de 90 años, en los que atravesó distintos periodos y circunstancias de nuestra historia, hechos que jamás nadie podrá soslayar al momento del balance histórico nacional e internacional, por su consecuente vocación y práctica internacionalista, por la fraternidad que desplegaba en cada momento.
Hoy, en este siglo XXI, que se abre paso a toda fuerza, y cuando la centuria que lo enmarcó ya forma parte del pasado, Volodia Teitelboim también partió, el amigo escritor e histórico, dirigente del Partido Comunista de Chile, esa tarde triste de marzo el notificación nos llegaba por diferentes medios de comunicación: “Volodia Teitelboim, falleció a las 19:05 horas de este jueves, en el Hospital Clínico de la Universidad Católica, a causa de problemas renales y respiratorios contra los que sus 91 años ya no fueron capaces de batallar.” Finamente podemos decir que nuestro compañero y amigo Volodia Teitelboim, era un hombre de una gran inteligencia y muy culto, agradaba sostener conversaciones extensas  en el living de mi casa o en cualquier lugar. Ecuánime con cada una de las situaciones planteadas, me pude dar cuenta que tenía una gran comprensión por los problemas de cada uno de sus camaradas y el pueblo en general. Siempre se mostró con una curiosidad enorme entorno a cada  situación planteada; estar con él, compartir diferentes experiencias, era estar con el hombre intelectual, el político sobresaliente, el humanista a cabalidad; el hombre que conoció a los mayores personajes de la historia contemporánea en el campo de las letras y de la política. Le gustaba ser querido, jamás pedante como aquellos seudos intelectuales de este país. Estaba convencido de que las transformaciones intelectuales, democráticas y sociales eran una tarea de las mayorías y no de minorías con monopolios trasnochados.

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