Sombras y destellos. La ciencia cubana en los 50. (#Cuba,#Miami,#Madrid)

Por: Ismael Clark Arxer

Cuba fue la última de las colonias americanas en independizarse de España, después de tres decenios de lucha armada. Cuando ya se encontraba vencida la fuerza militar colonialista por los patriotas cubanos, fuerzas de Estados Unidos intervinieron a última hora y ocuparon el país de 1898 a 1902. A la postre, se fundó una república en 1902, pero bajo condiciones virtuales de un protectorado,dadas las limitaciones impuestas a su soberanía por los ocupantes.

A mediados del siglo XIX, tras más de 35 años de gestiones ante la Corona española, se había fundado en La Habana, en 1861, la primera Academia de Ciencias fuera de Europa: la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. Entre sus Académicos fundadores estarían hombres de la talla internacional de Felipe Poey, Álvaro Reynoso y Nicolás José Gutiérrez, su primer Presidente.

A menos de una década de su fundación, estallaría en el país la primera guerra independentista, en la que por diez largos años batallaron los cubanos por un ideal que entonces no se logró. Sin embargo, aquella guerra actuó como crisol de la nación cubana. En ella por primera vez combatieron codo a codo antiguos amos y esclavos; oficiales de color mandaron destacamentos plurirraciales y no pocos ricos hacendados se sumirían en la ruina personal y arrastrarían con ellos a sus familias, en el debate denodado por hacer al país dueño de sus propios destinos.

Durante los setenta años anteriores a la fundación de aquella Academia, se había desarrollado una aguda contradicción entre la ciencia que necesitaban los cubanos y los retrasados conocimientos, reflejados en un bajo nivel tecnológico, que alcanzaban a traer al país los personeros (por lo común, iletrados) de la monarquía española.

El Dr. Carlos J. Finlay, quien para entonces había sido ya electo académico de número, presenta ante la Conferencia Sanitaria Internacional de Washington, en 1881, un reporte sobre su teoría científica del contagio y poco después, en agosto de ese mismo año, diserta ante la Academia de Ciencias en La Habana “Acerca del mosquito hipotéticamente considerado transmisor de la fiebre amarilla”, ponencia en la que expone de manera elaborada su teoría en relación con la transmisión metaxénica de esta enfermedad y las enfermedades infecciosas en general, la cual le gana un sitial para la posteridad en la Historia Universal de la Medicina

El país ingresaría al nuevo siglo bajo premisas verdaderamente ominosas. Despojadas de su legítima victoria las fuerzas patrióticas independentistas, se encuentra Cuba subyugada al mandato de un gobierno Interventor y bajo ocupación militar. Por conveniencia de la potencia ocupante, en 1902 se dota al país de una ficción de gobierno independiente, castrado desde sus orígenes por humillantes cláusulas intervencionistas que habrán de figurar incluso en su orden constitucional, como requisito para la retirada militar extranjera.

A partir del fin de la ocupación militar, y como consecuencia de la dominante influencia política y económica de Estados Unidos sobre Cuba, pocas ciencias encontraron posibilidades de desarrollarse. Ejemplos excepcionales se pueden encontrar en la geología y la geofísica. En general, las ciencias básicas y teóricas se mantienen estancadas y, con muy pocas excepciones, no hay pasos efectivos en la institucionalización de las ciencias aplicadas. Durante toda la primera mitad de siglo son escasos los trabajos científicos acerca de la naturaleza y el país cubano, y poca o ninguna atención se presta al tema por la sociedad y el gobierno de la Isla.

La Estación Experimental Agronómica de Santiago de las Vegas se funda en 1904, en consonancia con el creciente énfasis de fuerzas económicas norteamericanas por dominar y extender el próspero negocio de la producción azucarera y otros negocios agrícolas en Cuba, fuerzas que constituían virtualmente las únicas en capacidad de aprovechar en su interés los resultados científicos. Como peculiar y triste desenlace de la lucha cubana de más de 30 años por la independencia, consorcios norteamericanos habían logrado apropiarse de enormes extensiones de tierras agrícolas a precios ridículamente bajos, hasta de un dólar por acre. *

Poco después se estableció, en Cienfuegos, el Jardín Botánico de la Universidad de Harvard, orientado a introducir científicamente especies foráneas, en beneficio igualmente de los nuevos intereses dominantes.Durante esa primera mitad de siglo son escasos los trabajos científicos acerca de la naturaleza y el país cubano, y poca o ninguna atención se presta al tema por la sociedad y el gobierno de la Isla.

En 1928, y como encargo específico de intereses foráneos, se presenta el riguroso estudio “Thesoils of Cuba” de los norteamericanos H.H. Benett y R.B. Allison, quienes presentan un mapa de suelos de Cuba a escala 1: 800 000. Sáenz y Capote nos han señalado que estos trabajos, de indudable valor, no fueron traducidos al español hasta 1962, con posterioridad al triunfo revolucionario.

A solicitud del gobierno de entonces, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, antecesor del notorio Banco Interamericano de Desarrollo (BID), envía a Cuba en 1950 una misión que en su informe final expresa que no encontró: “ningún laboratorio adecuado de investigación aplicada, público o privado. Los pequeños laboratorios privados existentes se dedicaban todos al control de la calidad o al ajuste de las características más externas y superficiales de los productos a las necesidades del consumo”.

Un positivo aunque tardío esfuerzo, probablemente influido por las recomendaciones de la citada misión, lo constituyó la constitución en 1955 del Instituto Cubano de Investigaciones Tecnológicas, cuyas actividades serían aún “débiles e inconexas” a finales de esa década

En medio de tan desolador panorama, algunas figuras individuales resultaron no obstante descollantes. Don Fernando Ortiz hubo de profundizar científicamente en las raíces de la nacionalidad y pugnó por romper prejuicios arraigados demostrando la peculiar y multiforme aportación de las culturas africanas al etnos cubano. En la vida social cubana de la época prevalecerían, no obstante, a partir de prejuicios propios e importados, cuyos rezagos llegan hasta hoy, humillantes prácticas discriminatorias.

El doctor Pedro Kourí Esmeja, junto a un pequeñísimo grupo de colaboradores, impulsaría la gestación de un Instituto de Parasitología y Enfermedades Tropicales, en un modesto local del Hospital Calixto García, que pronto sienta escuela y gana rápido reconocimiento en toda América. En los hospitales de la Cuba de entonces no existen sin embargo servicios especializados de parasitología y las revistas de la época dejan dramática constancia fotográfica de innumerables niños campesinos de vientres absurdamente inflamados por la infestación parasitaria, la cual afectaba al 30% de la población campesina (6). Recordemos que el actual Instituto de Medicina Tropical (IPK) lleva hoy el nombre de este gran cubano y fue dirigido por uno de sus hijos.

Por su parte Juan Tomás Roig, junto a Julián Acuña, trabajando en la antes mencionada Estación Agronómica de Santiago de las Vegas, acumula una vasta obra de estudio e inventario de la flora cubana. Su obra Diccionario de Plantas Medicinales Cubanas constituye aún en el presente una referencia invalorable para los estudios etnobotánicos. Al crearse la Comisión Nacional para la Academia de Ciencias, en 1962, Roig sería una de las personalidades designadas por el Gobierno revolucionario para integrarla.

En otra importante esfera, el filósofo y educador Enrique José Varona, quien fuera representante destacado de la intelectualidad progresista de su época, encabeza una lucha de varias décadas, desde comienzos de siglo, por la modernización de la educación y la reforma universitaria. Su labor, y la de otros seguidores, logra preservar la identidad nacional del sistema de enseñanza pública, el cual es reiteradamente relegado por los sucesivos gobiernos en beneficio de la enseñanza privada y extranjerizante.

Otras figuras notables alcanzarían igualmente indudable relieve en el plano profesional y en la docencia universitaria, pero siempre limitados por la falta de desarrollo institucional en lo que a investigación se refiere y en una atmósfera social de escaso o nulo interés por la ciencia. Tómense los ejemplos citados como ilustración del divorcio prevaleciente entonces entre ciencia y sociedad.

En aquellos difíciles años, gran parte de los esfuerzos de la academia de ciencias se consagran a dilucidar puros problemas médico-legales y aún cuestiones menos trascendentes como auxiliar de la justicia, tales como pleitos sobre honorarios médicos, remedios populares o secretos, y otros. Sin embargo, correspondió a varios académicos de la época la lucha nacional e internacional por el pleno reconocimiento internacional de la obra de Finlay, escamoteada a la verdad histórica por la arrogancia imperial a favor del médico militar estadounidense Dr. Walter Reed.

En vísperas del triunfo revolucionario, en 1958, la Academia de Ciencias estaba adscrita al Ministerio de Justicia, la Sociedad Geográfica al Ministerio de Estado y el Observatorio Nacional a la Marina de Guerra. Huelgan los comentarios.

Puede afirmarse que al sobrevenir el triunfo revolucionario de enero de 1959, y como resultado de las deformaciones sufridas en la etapa republicana neocolonial, no se disponía de un potencial científico que mereciera tal denominación, pese a la existencia de precedentes ilustres y de acciones individuales, que bien pueden calificarse de heroicas por lo esforzadas y solitarias, de algunas figuras relevantes.

El país, por el contrario, padecía agudamente los males sociales del subdesarrollo y la dependencia: el 26.3% de los mayores de doce años eran analfabetos, la mortalidad infantil era superior a cincuenta por cada mil nacidos vivos y más de la mitad de los niños en edad escolar carecían de escuelas o maestros

Para muchos, ante tal situación, el desarrollo científico podría parecer una quimera inalcanzable. La dirección revolucionaria, por el contrario, ponía todas sus esperanzas en el fomento científico y tecnológico. En fecha tan temprana como el 15 de enero de 1960, el entonces Primer Ministro Dr. Fidel Castro habría de expresar una visionaria proyección, que la gesta revolucionaria se esforzaría en hacer realidad, cuando en una parte de su discurso de aquella noche ante la Sociedad Espeleológica, que celebraba su XX aniversario, afirmó:
“El futuro de nuestra patria tiene que ser, necesariamente, un futuro de hombres de ciencia, de hombres de pensamiento, porque precisamente es lo que más estamos sembrando; lo que más estamos sembrando son oportunidades a la inteligencia.”

Comenzaría a partir de entonces la etapa revolucionaria, que yo creo de justicia denominar fidelista, de la ciencia en Cuba.

Ismael Clark es el Presidente de la Academia de Ciencias de Cuba

Acerca de aucalatinoamericano

Auca en Cayo Hueso: Debates y reflexiones desde latinoamerica.

Publicado el junio 4, 2013 en Ciencia y Tecnología, Historia. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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