La última noche en que vimos a Chávez.

Reblogueado de Visión desde Cuba.

Por Luis Ernesto Ruiz Martínez.

Para mí fue una noche desgarradoramente triste. No esperaba que en la tele, que normalmente nos entretiene, llegara semejante mala noticia. Chávez, nuestro amigo en la distancia, anunciaba al mundo que una nueva batalla contra el oportunista cáncer estaba comenzando. Era el 8 de diciembre de 2012 y el reloj marcaba más de las 9:30. Sus palabras no podían ser malinterpretadas: “Han aparecido nuevamente células cancerígenas“.

Tres días después, estaba yo en la Habana, se producía la operación de la que todos estábamos pendientes. Era muy difícil estar al tanto de la realidad porque en estos temas no siempre se puede abundar mucho, aunque los enemigos te acusen. El ser humano que cambió Nuestra América estaba luchando contra la muerte en una desleal batalla. Tras largos meses cambiaría su vida por la eternidad.

Siento la enorme satisfacción de haber nacido para conocer, aunque desde lejos, a dos de los más grandes hombres de este continente: Fidel Castro y Hugo Chávez. Debería estar triste hoy cuando millones en todo el planeta expresan su lealtad al comandante venezolano, pero no hay motivo para la tristeza.

A Chávez nos lo arrebataron demasiado pronto cuando quedan por hacer muchas cosas. Las amenazas han crecido en estos largos meses de asuencia física. Él se encargó de decirnos que seguiría junto a nosotros hecho pueblo y así ha sido. Ser leales a Chávez comienza por defender su obra y su pueblo venezolano lo hace justamente hoy. A los demás nos toca acompañarlos y construir, desde nuestras naciones, la América de Bolívar y Martí.

Aquel 8 de diciembre, un año atrás, a muchos se nos apretó el pecho. No podíamos creer que el destino fuera tan particularmente duro con él y su pueblo.¿Qué pasó en los minutos interminables que antecedieron a ese terrible anuncio? Comparto con ustedes esta crónica de Indira Guerrero, publicada por Noticias24, en la que nos narra esos momentos.

El sonido en seco del cerrojo fue lo único que pudo escucharse a lo largo de aquel pasillo de paredes neocoloniales. Una alfombra roja silenciaba sus pasos mientras bajaba una escalera hasta la puerta de su despacho. La firme decisión de Hugo Chávez de volver de la Habana lo había llevado a ese salón.

Antes de esa noche se había preguntado tantas veces ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que pasar? Cuál era la razón divina por la que el cáncer se obsesiona con la vida.

Una nueva intervención quirúrgica y sus riegos le fueron informados apenas hacía unos días en Cuba. Él enseguida quiso regresar a Caracas con el deseo de hablarle al país. Nicolás Maduro, su vicepresidente, y Diosdado Cabello le quisieron persuadir.

–No lo haga, no diga eso Presidente, todo va a salir bien y si algo llegara a pasar, nosotros nos encargamos—le había dicho Nicolás.

–Está bien, voy a pensarlo—respondió.

Pero algo debió ocurrir al ajustarse aquel cerrojo. Cuando Chávez llegó a su despacho tomó asiento al centro de la mesa, y repasando con los ojos a sus ministros exclamó:

–Yo vine solo a esto y lo voy a hacer, yo tengo que hacerlo—dijo para terminar clavando su ojos en Nicolás.
–Bueno Presidente está bien, nos parece bien—respondió el vicepresidente buscando alguna manera de hacerlo sentir tranquilo.

Mientras las cámaras televisión se preparaban para cubrir todos los ángulos, los hombres y las mujeres del salón hacían grandes esfuerzos por mantener la tranquilidad en el rostro; un edecán había advertido a algunos de ellos que los anuncios que haría esa noche el Presidente no serían buenos, por lo que era importante que estuvieran preparados para no aumentar su preocupación. –Sean fuertes– les pidió.

El sonido instrumental del Himno Nacional anunciaba el inicio de una cadena de radio y televisión.

Héctor Rodríguez advertido por el mensaje, veía la transmisión desde su casa junto a su esposa y su hijo. Mientras Elías Jaua había apurado el paso de un recorrido por la carretera vieja desde Guarenas hasta Petare como parte su campaña por la gobernación de Miranda, con la necesidad de escuchar desde algún lugar tranquilo cada palabra del presidente.

Maripili Hernández también lo había organizado todo para estar en su casa con la televisión encendida en el canal del Estado.

Uno a uno se sintonizó con ese 8 de diciembre a las 9:34 de la noche. Chávez empezaba sus palabras recordando a John Travolta y la memorable época de los 80`s donde las esferas de espejos giraban con la banda sonora de “Fiebre de sábado por la noche”. Diosdado a su izquierda se esforzaba por acompañarlo con una risa.

Enseguida enumeró las batallas, las de la economía, las sociales, las políticas y la propia: la de su vida, una que había llevado con mística, fe, esperanza y la dignidad incólume.

Sin abandonar su gracia intentaba hacerlos reír un poco a todos con algún otro comentario. Fuera de cámaras, sentados junto a la puerta Ernesto Villegas y la almiranta Carmen Meléndez. Ella soltó una sonrisa quizá por gracia o por hacerle sentir un “todo está bien”.

Han aparecido nuevamente células cancerígenas— dijo Chávez, que luego con la misma vehemencia con la que un padre intenta convencer a su hijo de que la inyección es necesaria, él le explicaba al país que debía regresar a la Habana para someterse a una nueva operación.

–Uno siempre ha vivido de milagro en milagro— dijo el hombre de Sabaneta sentado en su palacio, aferrado a Cristo esperando que el favor de Dios lo devolviera con bien.

Pero por si eso no ocurría él decidió pedir esa noche de luna menguante, pero con la claridad y la plenitud de una luna llena que eligieran a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

El general Jacinto Pérez Arcay que había sido su maestro desde que era cadete, le escuchaba a distancia y pensaba en su alumno como el soldado innato, un auténtico que sabiendo que le quedaba poco, quiso venir a pedir que siguieran el camino de la patria.

–Lo que dice el príncipe tiene fuerza de ley— dijo el General sabiendo que su palabra se cumpliría. Para Pérez Arcay esa noche tiene una significación “que no acepta invitaciones al vals …” — Yo perdí parte de mi vida.

Nicolás sentado en el palacio junto a Chávez, vivía el día más fatídico, física y emocionalmente. Sentía dolor y un peso sobre él que protegía en un rostro inexpresivo.

La almiranta, sentada junto a la puerta del salón escuchaba el mensaje y pensaba:

– Dios, por qué él hace esto. ¿Por qué?

Maripili escuchaba y pensaba en él, en su familia, en la angustia que para él significaría ya no estar presente. También pensó en Nicolás, lo difícil que debía ser para él asumir esa responsabilidad. –Ojalá no tengamos que cumplir esa orden— deseó.

Héctor en su casa lloró.

Chávez no había deseado nunca dar esa noticia. –Me da mucho dolor que esta situación les cause dolor—decía esa noche aún frente a la cámara buscando la manera de llevar la calma y apaciguar la angustia.

Pero más allá de eso él estaba satisfecho, habían recuperado la patria. No había pasado como a Bolívar, que en los últimos días de su vida le dijo a Urdaneta que no tenía patria por la cual seguir haciendo el sacrificio… Para Chávez uno podía ser muchas cosas, pero antes que todo debía ser patriota, y cada vez que él hablaba de patriotas sonaba en su alma el himno de blindados “Bravos de Apure”, una historia con celosos dragones de acero, y esa noche en el palacio él una vez más la hizo sonar.

A la noche siguiente, en la puerta del avión, rodeado de tanta gente, estaba de pie como un soldado, un guerrero en batalla que esconde el dolor de la bala que le ha herido …

–Bueno, tranquilo … después hablamos ¿Ok?- dijo mirando a los ojos de Nicolás

–Dios lo bendiga— le dijo Diosdado antes de dejarlo abordar.

Al pie de la escalera, y viendo a sus ministros: Independencia y patria socialista, viviremos y venceremos ¡Hasta la vida siempre! gritó Chávez con la mano en alto.

… “Le faltó tiempo a ese poeta” dijo Pérez Arcay.

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Publicado el diciembre 9, 2013 en Cuba, Internacionales, Política, Venezuela, Viva Chávez por siempre. y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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