Emotiva carta de médico hondureño graduado de la ELAM.

La Habana, 9 de noviembre de 2013.

“Año 54 del triunfo de la Revolución”.

A: Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, General de Ejército Raúl Castro Ruz y al pueblo cubano.

Uno de los tesoros más lindos de la humanidad es la diversidad cultural. Lo que impresiona y apasiona es cuando se junta en un mismo espacio temporal, además del terrenal, varias culturas; cuando la suma millonaria de los ricos valores de cada ser humano distinto, se mezclan e intercambian para que el hombre, como única raza y especie; crezca, se desarrolle y multiplique en un cumulo enorme de conocimientos.

Casi al final de un gigante recorrido en un país distinto del mío, el fuego inextinguible e inclaudicable de mi sencillo espíritu, vuelve arder más fuerte que el sol y me permite alumbrar con una luz cegadora, pero con un calor tierno, la bella posibilidad de escribir las últimas palabras que dejare como despedida en esta tierra que me formó, educó y se entregó hasta la última de las consecuencias para que yo fuera un hombre de bien, útil a mi país, a mi sociedad, a mi familia y sobre todo, a mí mismo.

Todavía fresco en mi memoria está el día en el que, con diecisiete años recién cumplidos, llegue a La Habana, con algunas cosas en un par de maletas, muy pocos pelos en mi cara y todavía mi mente llena de ideas que se correspondían con mi edad. Aquel 9 de marzo de 2002, comenzó a llenarse una biblioteca inagotable e inmensa de recuerdos para mí, y para muchos que conmigo llegaron a Cuba. Recuerdo que en ese tiempo, mis héroes eran los normales que aparecen en las historietas y las películas, mi música era la más común que se podía consumir y mis metas eran simples.

De la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) hice mi casa, mi hogar, y de los miles de jóvenes que en ella estudiaban mis vecinos, amigos, primos y personas insustituibles. A todo el personal que ahí se entregó en una tarea especial, los evoco con mucho cariño, estima y respeto. No los puedo mencionar a todos, pero en el recuerdo tengo la imagen del eterno Rector Carrizo, que hizo de nosotros sus hijos y de la ELAM su obra maestra. Y en uno de esos días, llegó

Carter, ex presidente de los Estados Unidos de Norteamérica; a su lado, un hombre alto, de barba blanca, capaz de incendiar la América completa con su voz y sus palabras. Fueron dos años inolvidables.

Al cabo de cuatro años más, me hice médico; aprendí a curar lo que mis modestos conocimientos me permitían, a consolar a los que no podía ayudar, y a escuchar a los que sobrepasaban mis esfuerzos. Viví como un cubano más. En aquel agosto de 2008, en mis manos se encontraba un título de medicina, una energía en erupción que era capaz de formar un continente entero; y muchas imágenes e instrucciones necesarios para enfrentar la vida, para luchar por los más desprovistos y nunca estar tranquilo mientras estuviese a mi lado un necesitado. Luego de eso, regrese a mi casa por un corto lapso, al lado de mi papá y mamá. Pero la urgencia de seguir creciendo integralmente, me aconsejó regresar.

Así concluí mi primera especialidad médica, y pronto me arroje, con aquel ánimo de joven inquieto, a comenzar mi segunda especialidad, una de mis mayores inspiraciones y homenaje a las dos personas que me inculcaron desde pequeño los caminos del hombre libre, con palabras sencillas, y muchas veces con su ejemplo me conceptualizaron la palabra revolucionario. Esas dos personas que me despidieron como un niño, con lágrimas en sus ojos y un dolor tremendo por la separación, a esas dos personas que me ayudaron e infundieron los ánimos necesarios; mis padres.

Me hice otorrinolaringólogo en un servicio histórico, en una institución símbolo, en la escuela de la especialidad en Cuba, en la meca de los que ahora son mis colegas; en el Servicio de Otorrinolaringología del Hospital “General Calixto García”.

Debido a que esta es una nota de agradecimiento y despedida, no me extenderé mucho, no consigo entrar en detalles, no puedo dar muchos nombres, fechas, hechos y lugares. Además podría caer en errores que no me perdonaría. Pero lo que hasta ahora he dicho es suficiente para comenzar dándole gracias a todos y cada uno de los ciudadanos de este país, que de una u otra manera me ayudaron o aportaron, para que yo lograra mi objetivo. A la Revolución cubana, esencia de las transformaciones sociales y personales en todo el continente, que indoblegable se ha mantenido luchando por las causas nobles, sacrificándose por los pobres de este mundo, compartiendo siempre lo que tiene, nunca lo que le sobra. Revolución de la cual he sido testigo de sus cambios e innovaciones para bien.

Un millón de gracias a todos los profesores y profesoras que entregadamente compartieron sus vastos conocimientos de las ciencias y la vida.

Por último, mi eterno agradecimiento y admiración a aquel hombre que una vez vi al lado de Carter, que para mí es el abuelo que nunca tuve, es el maestro, es el sabio que nunca termina de sorprendernos con sus consejos. A ese ser humano con el que toda la vida quise hablar y no pude, le quise estrechar la mano y no pude, lo quise abrazar y no pude. A esa persona que me enseñó que los héroes existen, y como él, son de carne y hueso. Las gracias totales al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, gestor de milagros, de alegría y de miles de millones de hombres y mujeres nuevas.

Me despido así de Cuba, de la historia que escribimos juntos. Dejo atrás mucho amor, también sentimientos sencillos y muy grandes, como la amistad. Hoy, ya es hora que regrese a mis orígenes, a mi casa, con mi gente.

Gracias en nombre mío, de mi hermano y mis padres; todos hijos de esta Revolución y su máximo líder histórico, nuestro querido Comandante Fidel Castro.

¡Hasta la victoria siempre! Seguimos en combate.

Dr. José Alejandro Carías Díaz.

Médico y escritor hondureño.

 

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Publicado el enero 8, 2014 en Cuba, Política, Salud y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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