Sumbe, los cubanos y la historia de un hombre al límite

por Dilbert Reyes Rodríguez

Nadie sabe cuántas veces Orlando ha despertado con el sobresalto de un recuerdo terrible. “La guerra tiene esa cosas”, dice, con la seguridad de quien habla porque ha visto, porque le dolió en la carne el desgarro de la bala y la metralla, y él mismo fue rescatado de ese trueque escalofriante en que se va perdiendo, lentamente, el flujo cálido y rojo de la vida por la fría anunciación del final cercano.

Si no se ha estado nunca en ese límite cruento, cuesta mucho creer como posible que un día tan parecido a la cotidianidad pacífica de la amada Cuba, se transforme de pronto –madrugada por medio- en un infierno de ráfagas y bombas en picada sobre las cabezas.

Así fue el cambio de fecha del 24 para el 25 de marzo, hace exactamente 30 años en la ciudad angolana de Sumbe. Así fue justamente aquel amanecer de 1984 para los más de 200 colaboradores civiles cubanos, que aún sabiéndose en un país en guerra, no tenían la experiencia súbita de una alarma de combate.

 

 

PREVISIÓN

Como todos, el bayamés Orlando González Montero no escapaba de la jarana y el choteo amistoso en que transcurría el día en la obra. Era el jefe técnico, por demás recientemente elegido primer secretario del Partido, en el contingente de 130 constructores que allí levantaban edificios para viviendas. En los predios cercanos, un centenar de profesionales, entre maestros, médicos y otros, reproducían en Sumbe un pedacito de Cuba.

“Relativamente cerca de Luanda (350 kilómetros al sur), sin selvas alrededor y la ausencia de fuerzas militares tanto cubanas como angolanas, no podían hacer pensar a nadie en un posible ataque a la capital de la provincia Kwanza Sur.

“Con esa tranquilidad vivíamos”, habla en nombre de todos, sin revelar todavía que el instinto de soldado –había sido combatiente años antes en propio suelo angolano-, le repicaba en la mente la urgencia de preparase, por si acaso.

Sin decírselo a nadie, planteó su preocupación en una asamblea del Partido en Luanda, y aunque se las negaron varias veces con el argumento de que la información de civiles armados podía tomarse como provocación, Orlando no regresó a Sumbe hasta que consiguió aquellas 80 ametralladoras PPSH (pepechá le llamaban a esos fusiles automáticos soviéticos, de la Segunda Guerra Mundial) y los guardó discretamente en los edificios del contingente… “por si acaso”.

“Oiga compadre, no habían pasado 11 días y hubo que abrir corriendo aquellas cajas de armas y municiones”, exclama.

AMANECER BAJO FUEGO

“Muchos creímos que estábamos soñando. El que menos había dormido tres horas, porque la noche anterior terminamos tarde una fiesta a 25 compañeros que ya se marchaban de fin de misión.

“Todavía era oscuro cuando las primeras explosiones. Varios tardaron en percibir la realidad. ¡Nos atacan, co..!, fue la exclamación que acabó de despertarme y me empujó como un resorte hacia las armas.

“Y pensar que ese propio domingo 25 teníamos previsto un trabajo voluntario para desconservar los fusiles e instruir a la mayoría, que desconocía cómo se armaban aquellos bichos tan “celosos”. Pero no nos dieron tiempo y hubo que usarlos con grasa y todo.

“Uno a uno los fuimos repartiendo, con dos discos y 150 municiones. La única pausa, aleccionadora, la generó una camagüeyana ayudante de cocina. Me pidió un arma y yo se la negué. Su protesta fue tremenda, pero no me permitiría dejar a un hombre desarmado, que de por sí quedarían 50. Hoy me critican por eso. Admiro su posición y entiendo su protesta, pero me resultó difícil en aquella situación. Fue una muestra elocuente de lo que son capaces nuestras mujeres.

“Cogí la última para mí y cuando salgo, a la luz de la luna, la mayoría estaba allí, tratando de armar sus fusiles. Muy rápido, con los que sabían, organizo grupos de instrucción, y es cuando empiezan a incorporarse los maestros y los médicos, algunos con armas en las manos que yo no sabía que tenían.

“Al frente venía el teniente coronel Juan Castillo, asesor de una unidad del MININT y armado con una AK, quien propuso tomar posiciones en las elevaciones al borde de la ciudad; pues la indicación de proteger el aeropuerto ya era imposible con el cerco tan estrecho.

“Castillo toma con sus hombres una de las estribaciones y yo con otro grupo pequeño atravesé la playa y subí a una loma más adelantada, tapada por la neblina; pero en cuanto se despejó, un carnaval de disparos y morteros nos reveló que estábamos frente al enemigo.”

AL LÍMITE

Orlando no se da cuenta. Sus ojos no miran al interlocutor. Ahora son dos pantallas fílmicas por donde corren vívidas imágenes que narra, con la respiración entrecortada, agitada, haciendo las mismas pausas que entonces provocaba el estallido de un mortero, repitiendo los gestos de sacudirse la tierra de la cara, girando de súbito hacia sus compañeros, para ver si alguien fue herido… o muerto.

“Tenemos que retirarnos de esa primera posición y algunos comienzan a dejarse caer por un farallón. Traté de impedirlo, pero un morterazo que cayó cerca me quitó la duda y también salté.

“¡Imposible, Castillo, esas lomas ya están tomadas!, dije, y me indicó apertrecharnos allí, para detener el avance.

“En la misma loma que dejamos, una ametralladora de cinta y trípode empieza a hacernos daño, pero Castillo se encarga con su AK. La gente empieza a tirar, y debo ordenar que paren, que esperen que se acerquen, porque el alcance de la pepechá es de apenas 200 metros.

“Para quien no conoce, no es fácil disparar tiro a tiro aquel fusil, y las ráfagas agotaron muy rápido el parque, lo cual obliga a replegarnos. Ya tenemos el primer compañero caído. De un salto súbito Julio Cifuentes se desploma, y a mí, como a otros cercanos, la rabia se nos multiplica.

“No nos importaba ser menos, cerca de 100 escasamente armados contra varios batallones artillados de 1500 hombres, queríamos ser los que avanzáramos; pero la realidad es que las balas se agotan y debemos retirarnos.

“En el repliegue por la playa la metralla nos pisa los talones. Empujo a Córdobas, cansado sobre una piedra, y al instante una ráfaga casi parte la roca en dos. Me quedó de último, para cerciorarme de que nadie se retrase y me dejo caer detrás de un pegote oscuro que resultó ser fango.

“Dos morterazos nos pican cerca, el primero 20 metros dentro del mar, el segundo otros 20 a la espalda. ¡Si corrigen nos lo ponen en la cabeza, retrocedan!, les grito al resto y sin acabar cayó un tercero que me lanzó por el aire y me hirió en la cabeza.

“Veo delante a Palacios, un compañero que apodábamos el loco, quien digno de su mote lanzó un cargador vacío a la línea enemiga gritando ‘Primo, guárdame eso ahí’. Los tipos lo creen una granada y se esconden, mientras Palacios y el resto aprovechan para escapar.”

Orlando hace un silencio demorado, levanta la vista, mira a los lados. No necesita explicar que se había quedado solo en aquella playa.

“Puse el fusil en ráfaga, para tratar de escapar mientras disparaba, pero los pocos cartuchos no alcanzan para eso. ‘Si se enteran que no tengo balas, estoy jodío’. Es cuando oigo a un francotirador desde el campanario de la iglesia gritándole a los suyos que yo no moría. Me estaba dando y yo, con la sangre caliente por las heridas del mortero, no me había dado cuenta.

“Disparando tiro a tiro hice un esfuerzo supremo por salir de la playa, atravesar la calle y llegar a donde los otros, quienes tratan de ayudarme, pero la mano de uno se hunde en la herida que traigo en el hombro. Ya no me responde un brazo. Tenía disparos al otro lado y en una pierna, además de esquirlas de mortero.”

“Félix Pérez, un chofer pide que lo cubran para rescatar un camión cercano, y ahí nos fuimos todos a donde el resto del grupo en La Pesquera. En el trayecto un amigo se quita el pulóver e improvisa un tapón para mi herida del hombro.

“Los médicos me atienden bajo unos vara en tierra que considero blancos fáciles. Aceptan mi observación y salimos al descampado en la playa, pero el sol nos castiga y Mamita, una cocinera a quien encargan cuidarme, comenta que si no muero desangrado, moriré asfixiado. Decidimos movernos para abajo de un camión-plancha cercano.

“La suerte quiso que aquel vehículo tuviera una planta de radio y el chofer allí, intentando avisar a Luanda del ataque. Pero por la tensión, él no hacía el silencio de rigor para escuchar la respuesta. Lo llamo, le digo que se calle, y es cuando advierte que piden ubicación.

“Ya los helicópteros estaban en el aire y los aviones listos en pista, aunque no sabían a dónde ir. Enterados de que es en Sumbe, piden situación real de los cubanos: ‘¡Diles que todo lo que se mueva fuera de la playa es enemigo!’, le indico.

“Unos minutos después la historia empieza a ser otra. Solo tenía fuerzas para dar ánimo a los compañeros que pasaban a la ofensiva. La aviación cambió el juego, y al final de la tarde Sumbe era una victoria nuestra.”

EVASIONES

Para el final, Orlando González dice preferir siempre los momentos que, solo después de aquellas horas tormentosas, se le antojan cómicos: la profesora que tendida en la arena se quitó los tenis y los puso frente a su cabeza para protegerse; la gente queriendo enterrarse cuando los cohetes rasantes de la aviación parecían ir hacia ellos; el cargador vacío que simuló una granada…

Con estos detalles, Orlando intenta aplazar el recuerdo más triste. Fueron siete los compañeros caídos que no olvida. Habla de ellos porque se le pregunta, pero no ahonda, porque el tributo se resiste a las palabras. Igual evita valorar su rol en aquella batalla, su papel previsor y decisivo.

Desvía el comentario hacia otro pasaje cómico, que distraiga cualquier alusión a su postura de héroe, al combatiente corajudo que fue, y aunque sintió en carne propia el desgarro de la bala  y se asomó al trueque lento de la vida por la muerte, camufla la conclusión con una frase rotunda: “En valor y espíritu de resistencia, nadie puede medirse a los cubanos”.

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