Ejemplo de cubana: “ama de casa”

mujeres-cubanasLeticia Martínez Hernández/ Cubahora

Son la diez de la mañana. Parecen las seis de la tarde, pero no, recién comienza el día. A esa temprana hora ya se ha sudado mucho. El sol todavía no está en la mitad del cielo y el cuenta millas del cansancio no encuentra los números para cuantificar la fatiga.

Ella abrió los ojos al amanecer. Los pañales quedaron hervidos desde la noche anterior, lucen blanquitos como masa de coco. Ahora toca enjuagarlos y tenderlos al sol, porque sino la bebé se resfría, dicen los ancianos.

En lo que la lavadora da vuelta con la ropa, el café comienza a colar, la leche también está a punto de hervir, las tostadas hay que virarlas para que no se quemen y desde el baño una voz llama: “Mamá, ya terminé, ayúdame a ponerme el uniforme”. Y justo cuando engancha el último botón de la saya roja, la integrante más pequeña del hogar reclama porque tiene hambre. Entonces va a hacer lo mejor de la jornada: dar el pecho, lo que hará con gusto enorme mil veces más, pero que la deja exhausta, con un dolor como de puñal clavado a mitad de la espalda.

Cuando todos se van a sus quehaceres parece que bajará la marea, que habrá calma en la casa, pero “ahora es cuando es”. Los verbos en modo infinitivo se ubican en fila india, tan infinita como ellos mismos: toca fregar, limpiar, sacudir el polvo, regar las plantas, hacer almuerzo y comida, planchar, recoger, doblar la ropa lavada; en fin, dejarlo todo listo para cuando los demás regresen. Y así será hasta el otro día, cuando los pañales vuelvan a amanecer en la jabonadura, tan blancos como masa de coco.

Le llaman “ama de casa”, en Cuba su ejército suma casi dos millones de alistadas, pero ¡increíble!, nadie la ve. Forma parte de esa turba de fantasmas con escobas en las manos, chancletas y moño bien alto. Su trabajo nadie lo paga, se hace heroína dentro de cuatro paredes y sus méritos se rehacen a cada hora, cuando la losa vuelve a fregarse, cuando la camisa vuelve a plancharse, cuando la casa vuelve a lucir limpia…

Mientras ella se la pasa de un lado a otro, los demás creen que está de vacaciones, que tiene tiempo para dormir el mediodía, para leer o ver la novela de las tres. Después de todo —piensan— no tiene un horario, no tiene un jefe que le exija disciplina, tampoco una norma que cumplir al final de la jornada, más allá de la cara de satisfacción o de enojo que pondrán los demás al llegar a casa.

Y es en ese velo de invisibilidad donde ella más sinsabores recibe; donde se vuelve un saco de boxeo al que no se le dejan heridas físicas, pero se va resintiendo con el paso de los años, porque al final no trae dinero para la casa cuando termina el mes y por tanto no tiene la última palabra, a veces ni siquiera la primera; de tan cotidiano, nadie se detiene a elogiar su trabajo; y su cansancio, al parecer, pesa menos que aquel que se genera de la puerta de la casa para afuera.

Entonces surgen las preguntas: ¿quién está detrás de la camisa bien planchada de aquel ejecutivo? ¿Qué manos tejieron la impecable trenza de la pionera? ¿Quién tuvo listo el almuerzo para que el muchacho regresara a tiempo al preuniversitario? ¿Quién ayudó a recortar las figuras para la tarea de la escuela? ¿De quién fue la vista que se apagaba cada noche, mientras ponía botones o zurcía? ¿Quién dejó impecable la casa para que la novia del hijo se llevara la mejor impresión? ¿Es imprescindible o no?

Para esa mujer, fuerte como ninguna, todos los honores.

 

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Publicado el noviembre 25, 2016 en Cuba, Sociedad y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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