Cuba. Color de la piel, nación, identidad y cultura. Un desafío contemporáneo

Fragmentos de la Pupila Insomne

Existe un conjunto de problemas, que resultan claves para comprender la supervivencia de lo que pudiéramos llamar el “fantasma” de la supuesta contraposición entre “Color de la piel y Nación “en la Cuba de hoy. A lo que se suman los desafíos provenientes de las relaciones entre color, identidad y cultura, dentro de una nación que aún no ha logrado superar los problemas del racismo.

Cuba tuvo que batallar durante largos años y contra muchos “demonios” para lograr emerger como nación.

Lo hizo después de un largo proceso de lucha, que es el adhesivo que mantiene fuertemente unidos a la inmensa mayoría de los cubanos hasta hoy, con independencia del color de la piel. La unidad de los cubanos alrededor del proyecto socialista es real; es el mayor fruto de la obra revolucionaria de más 47 años, heredera de las múltiples batallas por la independencia y la soberanía nacional.

La Isla fue descubierta y colonizada por una de las potencias más atrasadas de Europa.  España, que nunca fue modelo de modernidad para Cuba, ni ejemplo de unidad dentro de la diversidad. De la que, como si fuera poco, tampoco heredamos los parámetros de una ética antidiscriminatoria para combatir al racismo; porque España   misma siempre ha tendido a no   asumir    su identidad africana.

España, hacia principios del siglo XVI,    implantó en Cuba   un régimen colonial, caracterizado por él más férreo  monopolio  del comercio y de todas las relaciones económicas con el exterior;  la  brutal sujeción del negro  a la esclavitud;   el racismo y la discriminación racial;  la  abierta corrupción administrativa;  la inconsecuencia moral y muchas veces la tozudez diplomática,   junto a  la  criminalidad en política.

El único interés de España, fue siempre explotar sin límites las riquezas de la Isla y esquilmarla, haciéndola pagar todas las aventuras expansionistas de la Metrópoli Colonial.

Solo declararon la autonomía de la Isla, cuando esta ya no podía dar respuesta a sus necesidades políticas internas, ni significaba prácticamente nada respecto a Cuba, más que el intento extemporáneo y desesperado de la Metrópoli por tratar de no perder su colonia, cuando ya no tenían tiempo ni fuerzas   para preservarla.

Es cierto que la tozudez de no vender la Isla a Estados Unidos, fue una actitud digna de cierto agradecimiento. Pero como consecuentes colonialistas, presionados por la potencia emergente y la situación interna, España, finalmente, prefirió entregar la Isla a Estados Unidos, antes que rendirla a las “armas mambisas” que habían combatido por ella durante más de    treinta años.

Color de la piel y nación

La tarea de la llamada Guerra Grande, fue obtener la abolición de la esclavitud.

Sin embargo, durante los primeros  años de la Guerra del 68, a pesar del simbolismo de un  gesto como el de  Carlos Manuel de Céspedes y de algunos otros patriotas,  de dar la libertad a sus esclavos;  los primeros  se vieron obligados a desplegar una táctica política que les permitiera  combinar la consecuente  actitud abolicionista de muchos, con la de otros, que enrolados en la lucha independentista, sin embargo, no compartían las ideas  de terminar con la esclavitud y el racismo;  pero cuyos recursos y dinero  eran  muy necesarios para llevar adelante las  batallas  por  la independencia. Por lo que, en términos prácticos, el consecuente signo abolicionista de la Guerra de los Diez Años, no pudo ponerse ampliamente de manifiesto desde el principio de la contienda. Siendo esta la primera vez, que de manera integral, nación y  abolición, que era  decir, “raza y nación”,  se contrapusieron, obligando a hacer concesiones en  la realización del primer paso real  que representaría la existencia futura de una nación para todos los cubanos, con independencia del color de la piel. A partir de entonces, hasta hoy,  la lucha por la independencia de la nación,  siempre ha tenido  que batallar contra esa herencia de la esclavitud que  es  el  racismo.

No obstante, la abolición de la esclavitud, termina por imponerse, no solo a partir de las ideas abolicionistas que sus líderes principales sustentaban, sino también como una necesidad misma de la guerra. Correspondiéndole a Carlos Manuel de Céspedes el liderazgo de haber impulsado esa tendencia revolucionaria de transformación social.

Sin embargo, el  racismo se puso muchas veces de manifiesto, sobre todo, en las actitudes asumidas contra el General  Antonio Maceo, su hermano José y sobre  el sector  de la oficialidad negra y mestiza, por medio de   la continua acusación, por parte de no pocos  independentistas, de que los “no blancos” en Cuba, luchaban por instaurar una “república de negros”.Lo cual continuamente  fue utilizado también  por la propaganda  de la metrópoli  en contra del movimiento independentista. Tratando así de inspirar miedo a la población blanca. Lo cual dentro de la época no era nada difícil; pues el llamado “miedo al negro” se paseaba por la Isla desde la Revolución Haitiana (1791- 1804). El temor a que en Cuba se repitieran los “desastres” que habían tenido lugar en Haití,”… apareció como un factor psicológico en la vida de la sociedad cubana que, de una forma u otra, con una variante u otra, con un peso u otro, se mantendría como una de las constantes de nuestras circunstancias nacionales hasta la contemporaneidad más reciente”

Durante la Guerra del 95, las actitudes de racismo dentro del Ejercito Libertador, continuaron manifestándose, a pesar del peso aun mayor que ya tenían dentro de la lucha los negros y mestizos, incluso libres; el carácter más popular y revolucionario de la guerra, así como la actitud de muchos cubanos blancos, que en la manigua no admitían tal lacra. También, a pesar  de que  al finalizar la Guerra del 68 y como un resultado de esa lucha,  España se había visto  obligada a conceder la libertad, tanto a los esclavos que habían combatido  de su lado, como del lado del Ejercito libertador;  y  de que  casi  nueve años antes del comienzo de la contienda, en  1886 ( penúltima en abolirla), se había producido  la abolición oficial  de la esclavitud en Cuba. Como para dejar  marcadas  las  diferencias sustanciales  existentes,  entre una  abolición formal de la esclavitud,  la desaparición del racismo y la discriminación racial realmente existente.

Es que el racismo tiene raíces que no son solo un resultado directo de la esclavitud, sino mucho más que ello, de la cultura   que a partir de esta se engendró en Cuba. No podemos soslayar, que hasta mediados del siglo XIX, en que comenzó a emerger la cultura cubana, dominada hasta entonces   la Isla en términos casi absolutos por la cultura de la metrópoli española, esta última comenzaba entonces a sufrir los embates de la mezcla que resultó después, pero sin perder su hegemonía dentro de esta.

Entre finales del siglo XVIII y mediados   del XIX, era la esclavitud la cuestión   social   más importante de la época. Los hacendados criollos, muchos   acérrimos defensores de esa oprobiosa institución, demandaban tanto su mantenimiento como la entrada libre de esclavos traídos de África, la llamada Trata.

Tres figuras que actuaban entonces en su esfera específica, aunque dentro de la lógica de una concertación global, fueron: Francisco de Arango y Parreño, José Agustín Caballero y Tomas Romay. Estos Propugnaban transformaciones de corte reformista. Siendo Francisco de Arango y Parreño el líder ideológico de ese grupo, para esa etapa. Este último, partidario del mantenimiento de la esclavitud y la trata.

Es decir, que el proyecto de modernidad para Cuba, que estos pensadores propugnaban, era reformista y no se concebía sin la explotación del trabajo esclavo.

Para entonces, “La ruina económica de Haití, consecuencia de la prolongada guerra contra una coalición de potencias capitalistas, y las sanciones impuestas por esas propias potencias después de la independencia, además de los variados  desajustes internos,  motivaron el encumbramiento capitalista de Cuba, su conversión en uno de los territorios de más expedita creación de riquezas… y la instauración de un dispositivo permanente  de traslado de esclavos desde África hacia acá…”

Más tarde, entre 1830 y 1837, volvió a hacerse predominante el reformismo, aunque con matices divergentes, destacándose como la voz más alta José Antonio Saco (1797-1879).

Entonces, la inmensa mayoría de estos liberales de finales del siglo XVIII y hasta bien entrada la segunda mitad del XIX, eran con sus proyectos reformistas, todos racistas y con José A. Saco como su principal ideólogo a la cabeza, hasta concluida la Primera Guerra de Independencia (1878). Eran además  partidarios  de eliminar a los negros, devolviéndolos a África; o sometiéndolos  a un “lavado socio demográfico”,   al “blanqueamiento”;  por cuanto Cuba  para ellos, era una sociedad en la cual los negros no tenían cabida más que como fuerza de trabajo esclava,  o en desventaja laboral  frente a   la población blanca.

Por lo cual, si no era posible eliminarlos físicamente,  o devolverlos a África,   al menos  su  color debía desaparecer  de  la sociedad cubana.

Pero todo ello se dio   de narices, desde el mismo periodo de primer cuarto del siglo XIX, con las necesidades que planteaba el crecimiento de la industria azucarera, en medio de una situación en la que Cuba asumía los mercados perdidos por Haití. El “miedo al negro”, que el crecimiento de la importación de esclavos provocaba, el desequilibrio demográfico- racial existente y el incumplimiento de los convenios para abolir la trata, que Inglaterra sistemáticamente obligaba firmar a España (1817 y 1835, entre otros) daban   lugar a un comercio ilícito de esclavos, con el que abiertamente   se enriquecían tanto funcionarios ingleses como españoles. Junto a ello también, hacia la segunda mitad del  siglo XIX,  se tornaba  acción  la actitud de muchos hacendados  ricos de Occidente,  que  apoyaban  la anexión  de Cuba  al Sur de los Estados Unidos, con tal de preservar la nefasta institución de la  esclavitud.

Había que conseguir esclavos de cualquier manera, para garantizar las máximas ganancias, pero, sin embargo, el negro debía desaparecer, a través de un rápido e intencionado proceso de “blanqueamiento”, por medio de un mecanismo de privilegiada inmigración europea, que no cesó hasta bien entrada la república. Inmigración principalmente compuesta por europeos blancos y católicos, que debían ser los que entraran, porque ninguno como ellos cumplía los parámetros para lograr el tipo de   población deseada.

De toda una gama de actitudes respecto a la esclavitud del negro y   el lugar que este debía ocupar dentro de la sociedad cubana, aunque ya no fuera esclavo, emergieron las fuerzas políticas que formaron las huestes del independentismo. Desde un Salvador Cisneros Betancourt, racista, que no consideraba al negro digno de ocupar un lugar dentro de la sociedad cubana, a menos que blanqueara; hasta un Carlos M. De Céspedes, que dio la libertad a sus esclavos, convirtiéndolos en ciudadanos, para que combatieran junto a él por la libertad de Cuba.

No es difícil afirmar tampoco, que no eran solo los reformistas criollos, los racistas, ni España con sus ejércitos bien equipados y aguerridos, o   la consecuente actitud de la metrópoli de no darle la independencia o concederle la autonomía a Cuba, los únicos enemigos fuertes y peligrosos contra los que debían batirse los independentistas para lograr sus propósitos, sino que existían además otros problemas. Y estos últimos terminaron por afectar la lucha por la independencia cubana, tanto durante el 68 como a partir de la contienda que comenzó en el año 95.

De modo que los independentistas, hacia principios de 1898, vencían   frente a las armas españolas, pero eran derrotados por las divisiones internas. El racismo, el anexionismo voluntario o “involuntario” y el reformismo, presentes dentro de las filas del Ejercito Libertador y  de las organizaciones de la República en Armas, fueron  obstáculos  que se combinaron dentro de   todas las maniobras  que las administraciones  de   Estados Unidos desplegaron,  concluyendo el siglo XIX,     para liderar a su favor la etapa final de  la lucha por la independencia de Cuba.

Tanto   el presidente Cleveland como Mackinley eran acérrimos enemigos de la independencia de Cuba y se mantuvieron haciendo el juego de una supuesta neutralidad, que favorecía a España y que les permitiría esperar el momento más propicio para la intervención.

Finalmente,   a pesar de todas las dificultades  sufridas,  los independentistas estaban próximos a vencer,  pero, como  expresamos,  España,  ante la realidad de una guerra ya perdida y bajo las presiones de la intervención norteamericana, así como de  los peligros por los que atravesaba entonces  la Corona Española,   decidió entregar  la Isla a Estados Unidos  antes que rendirla a las armas del Ejercito Libertador.

Por lo cual, la nación quedo secuestrada, entre las garras del “águila imperial” yanqui, a pesar de que los cubanos, blancos, negros y mestizos, habían dado su sangre para   conquistar la independencia.

Al racismo en particular le correspondió, dialécticamente, culpa por partida triple   en el proceso de lucha por lograr la nación: funcionó como   fuente de temores para lograr la unidad; fuente de divisiones para mantener la unidad ante el enemigo, y como si fuera poco, fuente de exclusión de los no blancos de la nación. Hoy a   ninguna de las tres perspectivas debemos continuar temiéndoles; pero todavía, en esencia, seguimos    comportándonos ante el racismo más temerosos de las divisiones que pueda crearnos su tratamiento, que decididos a darle la batalla integral y definitiva para eliminarlo.

Esto último se expresa en una importante resistencia a la aceptación de su existencia y al abordaje del tema racial dentro de nuestra realidad nacional; fenómeno que alimenta la ignorancia existente, pero que también beneficia, como siempre, a los que “agazapados”, mantienen sus prejuicios raciales y los ejercen, siempre que se les presenta la más mínima oportunidad. Liberales del siglo XIX, que aún se pasean por nuestros patios, y otros que dicen que el racismo es algo importado de los Estados Unidos. Olvidando que este siempre formó parte de nuestra cultura. De esa parte de nuestra cultura que hay que extirpar de manera definitiva.

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