Correctivos escolares

Por Juan Morales

«La letra con sangre entra», sentencia así, tajante y sin derecho a réplica, un anacrónico proverbio docente atribuido a Apeles, famoso pintor de la Grecia clásica. En mi etapa de estudiante de la enseñanza primaria confirmé centenares de veces la «efectividad» de tan pavoroso precepto. Pero eran tiempos muy diferentes aquellos años 60 del siglo pasado.

En honor a la verdad, los maestros y maestras de mi niñez no se andaban por las ramas a la hora de aplicar «correctivos» ejemplarizantes a los alumnos díscolos. Ahhh, ¿conque no hiciste la tarea? Pues allá te va un pellizco que te hará ver las estrellas. ¿Risas furtivas en clase? Eso merece un tirón de orejas. ¿Falta de respeto al profesor? Bueno… ¡el acabose!

Aún sonrío al recordar a cierta maestra de quinto grado que impartía lecciones —¡y lesiones!— sin inmutarse jamás. Era severísima con los indisciplinados. Y para hacerlos entrar en cintura apelaba a un recurso infalible: una regla de madera —que alguna vez fue tablilla de persiana— a la cual puso por nombre «doña Juana». ¡Qué malas pulgas se gastaba la doña!

Pero no supongan los más jóvenes que los padres montaban en cólera y corrían a exigirles explicaciones a los maestros por tamaños excesos con sus hijos. ¡Nooo! Por el contrario, ocurría a menudo que la zurra en el aula tenía una segunda parte, en ocasiones más temida: la paliza al llegar a la casa. Papá y mamá decían que «por no portarse bien y ser desobediente».

Los chicos que durante el curso eran evaluados por sus maestros como recalcitrantes y desaplicados no solían hacerse acreedores de unas «merecidas vacaciones», como reza el lugar común. Para «domar» a aquellas fierecillas sus progenitores recurrían a las temidas escuelas particulares, que funcionaban en casas de familias con licencia para educar a como diera lugar.

En estos centros alternativos las tácticas y las estrategias para allanar el camino del «saber» eran como para persignarse. A la menor insubordinación se echaba mano a castigos singularísimos. Entre los más temidos y «refinados» figuraba obligar al rebelde a ponerse de rodillas durante una laaaaaaaarga media hora sobre las caras estriadas de dos chapillas de botellas. Aquellas protuberancias metálicas penetraban piel adentro hasta hacerlo rabiar de dolor.

Los castigos podían ser, además de físicos, caligráficos. Para los chicos con errores (¡horrores!) ortográficos, los maestros concibieron una forma radical de enmendarlos: las famosas «líneas». Consistían en escribir mil, dos mil, tres mil, cinco mil veces  sobre una hoja de papel «vaca se escribe con v». ¿Así quién rayos olvidaba la ortografía de la palabra?

Lo admirable de semejantes prácticas era que tanto en las escuelas oficiales como en las particulares en aquellos años se establecía una suerte de acuerdo tácito entre padres y maestros, donde aquellos les manifestaban a estos cuando se referían al tratamiento a sus hijos: «Lo que ustedes hagan con ellos estará bien hecho. Tienen nuestra plena autorización para actuar».

En los tiempos que corren tal vez no exista un maestro en Cuba que ose ponerle un dedo encima a un estudiante indisciplinado. Ni siquiera a levantarle demasiado la voz. Y no solamente porque se trate de métodos antipedagógicos y obsoletos, sino también porque, seguramente, tendría que vérselas con padres furibundos que lo buscarían para pedirle cuentas del hecho.

Sin embargo, aquellos correctivos escolares de décadas pretéritas se instalaron en los anales docentes cubanos no como un precedente bochornoso, sino como un componente del folclor didáctico nacional. No los evoco con resentimiento, sino con la certidumbre de que se correspondieron con una coyuntura dejada para siempre atrás por las ciencias pedagógicas modernas.

«La letra con sangre entra», reza el proverbio docente que vaya usted a saber en qué contexto pronunció por primera vez el citado artista helénico. ¿Tendrá algo de cierto? No tengo vocación de masoquista ni de víctima. Pero, psssss, bajito, aquí, entre usted y yo, en ciertos momentos un coscorrón es capaz de abrirles las entendederas al más pinto. ¡Sí, señor!

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