La infancia es el tiempo ideal para aprender que todo acto tiene consecuencias

Publicado en Juventud Rebelde

«Tenía ocho meses de embarazo cuando me enteré de que mi hijo mayor había decidido abandonar su carrera», contó Rina, una señora de 76 años, en la tertulia santaclareña de la Tecla del Duende. «Con el pipote enorme le dije a mi esposo: ¡Nos vamos para La Habana!

«Ya había entregado hasta la litera, pero lo senté a lo cortico y le dije: Tú elegiste esta especialidad y vas a terminarla. Yo le había dado toda la confianza para encaminar su vida, pero también la disciplina que aprendí en casa, y no iba a empezar a ser blandengue a esas alturas».

Todavía se lo agradece, confiesa el hijo, de 55 años. «A esa firmeza debo el título que hoy ampara mis sueños. Ella siempre predicó con el ejemplo y no le temblaba la mano para castigarme o premiarme. Eso me enseñó a ser buen hijo, buen padre y un adulto que honra sus decisiones».

La anécdota me remitió a los debates en Habanasex 2017, evento en que se definió la sobreprotección infantil como un modo de violencia intrafamiliar con pésimas consecuencias a largo plazo, y recordé también la conferencia en que Pilar Sordo, sicóloga e investigadora chilena, evalúa el supuesto vía crucis que encaran hoy las familias con adolescentes, y afirmó que las conductas inapropiadas de esa generación no son su culpa, sino su herencia, porque nacen de nuestras inconsistencias como padres y madres.

Tenemos la adolescencia que merecemos si no integramos lo mejor de la educación del pasado con las oportunidades desde este tiempo, alerta la experta, quien se declara enemiga de la pretendida «amistad» entre padres e hijos: quererlos y lograr que confíen amorosamente en nuestro juicio no implica renunciar a la función más importante, que es marcar límites.

«Somos una generación que ha perdido las certezas y educa por opiniones. Pasamos de tener miedo a los padres a tener miedo a los hijos», advierte Sordo, y recuerda que unas décadas atrás los castigos se cumplían hasta el último minuto, porque en ello iba la garantía de enseñar a respetar las normas y crear valores útiles tanto a los 16 como después de los 30 años.

«Hoy nos creemos en la obligación de decirles sí a todo, y cuando castigamos nos consume la culpa», comenta. Ningún adolescente ve bien que se le imponga disciplina, pero es nuestra obligación negarnos si no necesitan algo de verdad o no se les puede complacer sin sacrificar otras prioridades: «No podemos ser simpáticos todo el tiempo porque así no se forman para la vida», dice, y alerta del peligro de valorizar a nuestros hijos por lo que tienen y no por lo que son.

Tiempo de aprender

La infancia es el tiempo ideal para aprender que todo acto tiene consecuencias, y es nuestra responsabilidad ayudarles a desarrollar estrategias para resolver conflictos, pedir ayuda si hace falta, agradecerla y devolver el favor.

Nadie aprende sin dolor; porque los momentos difíciles sacan lo mejor de nosotros, declara Pilar Sordo, y muchas voces autorizadas en nuestro país coinciden con esa apreciación: hacerles la vida demasiado fácil no es garantía de que maduren bien o cultiven los valores que necesitan.

Cuando cubrimos sus faltas evitamos un regaño, un mal día tal vez, pero no aprenden a ser persistentes, responsables e  independientes. Soslayar las frustraciones propias de cada edad solo dilata su aprendizaje, y al privarlos de contraste aumentamos su vulnerabilidad posterior, cuando la sociedad exige sin consentir y no da tiempo para adaptarse o crecer.

A los cinco años tanto varones como niñas deben hacer su cama, ordenar sus cosas, ayudar a poner la mesa, cumplir funciones simples que contribuyan al bienestar de todos. Esa es la época para establecer buenas costumbres y no dejar que dominen malos hábitos de alimentación, higiene, comunicación u otras conductas que luego son más difíciles de cambiar, aunque les traigan humillaciones con sus amistades e incluso con la familia política cuando empiecen a noviar.

¿Qué lógica tiene ceder el control a bebés de dos o tres años? Desde temprano deben tener claros los puntos que no se negocian en la familia, pero con persistencia y sabiduría: acudir a los golpes es una competencia desleal con un solo mensaje:la fuerza física vale más que la razón, concepto que luego aplicarán con sus parejas y familias futuras.

Es importante ser coherentes en la crianza y no aliarse con un menor para socavar la autoridad de otros mayores, ni en la propia familia, ni en la escuela o la comunidad. Al decir de la experta chilena, el primer testimonio educativo es el silencio: Aprenden de lo que ven en casa, luego lo que escuchan del mundo y por último lo que decimos formalmente.

Si los involucramos en una incoherencia, desde decir mentiras para cubrir faltas hasta tomar alcohol o fumar antes de la edad legalmente permitida, estamos marcando el camino para la conducta riesgosa, la liviandad del sexo y la actitud desafiante que tanto nos molesta en la pubertad, y eso no es un acto de amor, sino una cobardía que se arrastra de generación en generación.

Acerca de aucalatinoamericano

Auca en Cayo Hueso: Debates y reflexiones desde latinoamerica.

Publicado el diciembre 23, 2017 en Sociedad, Variado y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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