¿Amor, sexo, ciencia u olfato?

Escrito por TANIA RENDÓN

Un refrán afirma que el amor comienza por la cocina, lo que provoca risas o malas caras, estas últimas si es el caso en que la compañera (o) no sabe “ni freír un huevo”.

Es así que la nariz se ha asociado con la masculinidad y en la creencia popular predomina incluso una añeja superstición, donde se dice que el tamaño del órgano sexual más consentido se relaciona directamente con la nariz.

Sobre esta cuestión, la interrelación nasal-sexual, abundan estudios innumerables y las teorías resultan infinitas, pero bien es sabido que las “flechas” de Cupido son, más que una metáfora, químicos que estimulan el deseo sexual: las feromonas.

Y es que el descubrimiento de estas sustancias segregadas por hombres y mujeres se percibe a través de la nariz, en cuyo interior se haya el llamado órgano vomeronasal (OVN), localizado entre la membrana mucosa que cubre el tabique o hueso que divide las fosas nasales.

Aunque el OVN fue identificado con más de un siglo de anticipación, los científicos asumieron que se trataba de un órgano rudimentario e inútil, cuya función se perdió durante la evolución del ser humano.

Sin embargo, una investigación de la Universidad de Utah, Estados Unidos, validó que este pequeño órgano funciona separado del sentido del olfato -especie de sexto sentido- y se encuentra conectado directamente al hipotálamo, centro del cerebro encargado de controlar motivaciones básicas y emociones sexuales, de hambre, temor o enojo, así como temperatura corporal y ritmo cardíaco.

Pues el hecho de estar en las nubes y el por qué elegimos unas personas por encima de otras, de que basta con una mirada para saber si alguien te atrae o no… son más que simples expresiones cotidianas.

La revista Journal of Sexual Medicine revela que cuando una persona se enamora, unas 12 áreas del cerebro trabajan conjuntamente para liberar las sustancias químicas que provocan euforia, como la dopamina, la oxitocina, la vasopresina o la adrenalina; y que diferentes tipos de amor implican a distintas áreas cerebrales.

Como huellas dactilares, cada persona posee un aroma que la caracteriza y cuya función es atraer al sexo opuesto; de ahí que lociones, perfumes y cremas pueden enturbiar los considerados apetitos primitivos.

Aunque el sudor es socialmente mal visto, los estudios confirman que los humanos -al igual que los animales- reaccionan a ciertos olores para identificar a su pareja y que esa esencia masculina o femenina hace que determinados individuos sientan una atracción fuerte hacia una persona en específico, ya sea en lo sentimental o en lo sexual.

Según científicos, aquellos que nacen sin sentido del olfato, denominado anosmia congénita, reflejan una mayor inseguridad en cuanto a sí mismos y a sus relaciones.

Resulta tanta la similitud que, microscópicamente, ciertas zonas del revestimiento de las fosas nasales, que poseen numerosos vasos sanguíneos, son idénticas al tejido eréctil, el cual solo existe en dos sitios: el cuerpo cavernoso del pene y su homólogo, el clítoris.

Por tanto, pese al romanticismo de algunos, el amor tiene su ciencia; no obstante, ¿pueden la química, los cocteles de hormonas, los genes y la biología explicarlo todo? Una pregunta que encontrará lo mismo defensores a ultranza que detractores.

Pero si en algo la ciencia consuela, en este sentido, es que aquellos que sufren por un amor perdido o no correspondido, o simplemente no han encontrado aún su media naranja, ya saben que hasta el momento, han amado, equivocadamente, a mandarinas.

Acerca de aucalatinoamericano

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Publicado el enero 15, 2018 en Sociedad, Variado y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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