Rubén: el hombre que desafió la muerte y quemó la vida

Por Narciso Amador 

Tres grandes hombres tuvo la Revolución de los años 30, esa que al decir de Raúl Roa se fue a bolina: Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras Holmes y Rubén Martínez Villena.

Mella fue el fundador de la FEU y del primer Partido Comunista de Cuba; Tony Guiteras, el creador de la Joven Cuba y el radical Secretario de Gobernación, Marina y Guerra durante el Gobierno de los Cien Días, y Rubén Martínez Villena,  el poeta de la Pupila Insomne y el dirigente del Partido Comunista de Cuba en la huelga general que tumbó a Machado, en agosto de 1933.

Con apenas tres años de edad, el niño rubio de cabello castaño y grandes ojos verdeazules –nacido en Alquízar, La Habana, el 20 de diciembre de 1899-, tuvo un encuentro fortuito con el generalísimo Máximo Gómez que le marcaría para toda la vida.

Impresionado por los ojos del niño, le profetizó Gómez: “Tu vida tendrá luz plena de mediodía”, y fue así, pues tuvo Rubén una vida llena, pero opacada muy pronto por la tuberculosis, esa terrible enfermedad que lo llevaría a la tumba, con apenas 34 años de edad, el 16 de enero de 1934, hace ahora 84 años.

Sobre este encuentro escribiría Villena más tarde: “Mi infancia tuvo, es cierto, un esplendor de aurora”.

Fue Rubén un revolucionario íntegro, quien puso su inteligencia y su propia vida a favor de los humildes y desposeídos. Su primera gran acción política fue la Protesta de los Trece, el 18 de marzo de 1923; hecho que marcaría “el despertar de la conciencia nacional”, como le han llamado algunos historiadores y que enfrentó a la joven intelectualidad cubana contra la corrupción política del gobierno del entonces presidente de la República, Alfredo Zayas.

A partir de entonces se vería al joven delgado, ya graduado de abogado en la Universidad de La Habana, en la fundación de la Falange de Acción Cubana, del Grupo Minorista, en el Movimiento de Veteranos y Patriotas, y al lado de Mella como profesor en la Universidad Popular José Martí.

Y por Julio Antonio, ese gran atleta olímpico del movimiento comunista cubano y latinoamericano, libró Rubén su más sonada batalla como abogado, cuando al enfrentar al Presidente Machado para interceder por la vida de Mella, en huelga de hambre, acuñó la frase de “Asno con Garras”:

“¡Yo no lo había visto nunca; yo no lo conocía; sólo había oído decir que era un bruto, un salvaje! ¡Y ahora veo que es verdad todo lo que se dice! ¡Pobre América Latina, pobre América Española, capitán, que está sometida a estos bárbaros! ¡Pero éste no es más que un bárbaro, un animal, un salvaje… una bestia!… Es un salvaje, un animal, una bestia…, un asno con garras”

Asesinado Mella en México, el 10 de enero de 1929, sería Martínez Villena, en su condición de asesor legal de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), quien organizara la huelga del 20 de marzo de 1930, primera con carácter antiimperialista que se le hizo a Machado, y fungiera como dirigente del Partido Comunista, aunque para entonces ya estaba minado por la tuberculosis.

Atrás había dejado Rubén su amor por la poesía, relegada a un segundo plano por la acción revolucionaria. El poeta del Sainete Póstumo había decidido dar su vida por entero a la causa del proletariado y con su ejemplo, “la carga para matar bribones, para acabar la obra de las revoluciones”, que había solicitado en su Mensaje Lírico Civil.

Sobre su dejación de la poesía, escribió en conocida carta: “Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social. (…)”.

Para reponer su quebrantada salud viajó a la Unión Soviética, a un sanatorio en el Cáucaso. En carta a su esposa Asela, le escribiría en septiembre de 1930: “Mi último dolor no es el de dejar la vida, sino dejarla de modo tan inútil para la Revolución y el Partido (…)”. Tres años después, en mayo de 1933, sabiendo que el tiempo de vida se le agotaba, regresó a la Patria para continuar la lucha  revolucionaria.

Llegó con la salud muy debilitada, pero de inmediato encauzó la lucha antimachadista y dirigió, al frente del Partido Comunista de Cuba y de la CNOC, la huelga general de agosto de 1933 que obligó a Gerardo Machado, al “Asno con Garras”, abandonar el poder y huir de Cuba.

Sus últimas fuerzas las dedicó a organizar el IV Congreso Obrero de Unidad Sindical, que se desarrolló del 14 al 18 de enero de 1934. Antes, el 29 de septiembre de 1933, durante el sepelio de las cenizas de Mella, habló por vez postrera ante el público.

El 16 de enero de 1934, su salud empeoró drásticamente y el desenlace se hizo inminente. Loló de la Torriente, hermana de su entrañable amigo y revolucionario, Pablo de la Torriente Brau, describiendo los últimos instantes de vida de Rubén, entre las dos y las cuatro de la madrugada, dijo:

“(…) No hablaba con el dolor del que siente que la vida se le va, sino con la elocuente convicción del que sabe que el hombre pasa, las situaciones cambian y sólo queda, renovándose eternamente, el pueblo”

Mientras, a juicio de Raúl Roa, otro de los imprescindibles en la Revolución de los años 30: “Aquel día ¨La Esperanza¨ vio salir por su pórtico, definitivamente rota, la esperanza más alta y más noble de la juventud cubana”.

En su entierro, más de 20 mil trabajadores le rindieron una combativa despedida gritando consignas y entonando canciones revolucionarias en el tránsito al Cementerio de Colón.

Con Rubén, se perdía uno de los grandes revolucionarios de la época republicana. Un pensador marxista-leninista preclaro y un poeta de exquisita sensibilidad. Fue, al decir de Roa, una semilla en un surco de fuego.

En 1973, Fidel en el acto por el vigésimo aniversario de los sucesos del 26 de julio de 1953, recordando las estrofas de Rubén en su Mensaje Lírico Civil, afirmó: “Desde aquí te decimos, Rubén: el 26 de Julio fue la carga que tú pedías”.

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Publicado el enero 17, 2018 en Cuba, Historia y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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