El neogolpismo en la América del siglo XXI

 oea legaliza golpes estado

Para una visión amplia del proceso que ha llevado a que muchos países latino-americanos llegaran a las situaciones difíciles de retroceso en que se encuentran en ese fin de década, rememoremos acá algunos de los principales acontecimientos de la historia reciente de América.

Este panorama de conjunto de nuestra situación geopolítica en el nuevo siglo pasa tanto por la cuestión de la “ingenuidad” con que gobiernos social-reformistas establecieron alianzas demasiado subalternas con el enemigo (caso de las dos mayores potencias de América del Sur), como también por la táctica de “guerra blanda” que está siendo utilizada por el imperialismo para desestabilizar social y económicamente aquellas naciones que se negaron a hundirse en tales alianzas (como se ve en la firme resistencia del chavismo venezolano).

El análisis está dividido en dos artículos: ese primero, que aborda desde el inicio de la Revolución Bolivariana hasta el fracaso del ALCA; y su complemento, a ser publicado aquí el mes que viene, que va de este punto hasta la actual crisis política generalizada que debilita a nuestras naciones.

Guerras blandas: de la construcción de los discursos a los golpes

En 1983, cerca de dos décadas después del inicio de lo que se consolidaría como la actual crisis estructural del sistema productivo (véanse los trabajos del gran crítico marxista recién fallecido István Mészáros), las potencias capitalistas comienzan a tener éxito en su imposición mundial del neoliberalismo.

Con este propósito, se crea en el gobierno de Ronald Reagan la Fundación Nacional para la Democracia, destinada a promover lo que Estados Unidos vende como “democracia”. El NED llega así para sumarse al cuerpo de instituciones conservadoras vinculadas a los partidos Demócrata y Republicano, además de fundaciones y “think tanks” (“industrias ideológicas”), como la Freedom House y el Open Society Institute – organizaciones destinadas a financiar la formación ideológica y técnica de acciones golpistas de la derecha.

Según el reportaje investigativo “Esfera de influencia”, de Lee Fang (Intercept Brasil), sobre la reunión de 2017 del Latin America Liberty Forum – encuentro internacional de activistas reaccionarios patrocinado por la ONG Atlas Network –, el evento se desarrolló en un clima de bastante optimismo. Para el derechista argentino-estadounidense Alejandro Chafuen, la inversión en formación de grupos conservadores está empezando a “rendir frutos” – lo que fue facilitado por la “crisis” (económica, reiniciada en 2008). Con la inestabilidad de la economía mundial, surgió una “demanda por cambios” – dice el capo que desde 1991 dirige la organización patrocinada por el NED y por el propio Departamento de Estado de EEUU. Ante este escenario, Chafuen afirma que aprovechó la oportunidad para atacar a gobiernos reformistas de la región, pues su grupo ya disponía de “personas entrenadas para presionar por ciertas políticas”, lo que él resume como siendo “soluciones privadas” a “problemas públicos.

Entre los líderes vinculados a Atlas que ganaron poder y visibilidad en los últimos tiempos, están ministros del nuevo gobierno neoliberal argentino y líderes del Movimiento Brasil Libre (MBL), que ayudaron a promover el golpe de estado brasileño de 2016.

De acuerdo con la declaración también entusiasmada de Hélio Beltrão, ex especulador financiero que hoy dirige el ultraliberal “Instituto Von Mises”, si hace 10 años había en Brasil sólo 3 “think tanks” (por ejemplo, el Instituto Millenium), hoy, con el apoyo del Atlas, estos organismos son alrededor de 30. Es “como fútbol”, afirma: la “defensa es la academia”, el medio campo “el personal de la cultura”, y el ataque son “los políticos”.

Además de esta ONG, se destaca también el protagonismo retrógrado de los multimillonarios hermanos Koch — mediante su extremo-derechista “Charles Koch Institute”, entidad defensora del armamentismo y antiambientalista.

En Brasil, como ejemplo reciente del bajo nivel fascista de esas acciones — que operan “de grano en grano” –, véase el caso de los jóvenes arrebañados, presentes en la manifestación conservadora del MBL y la TFP (Tradición, Familia y Propiedad) contra la filósofa Judith Butler, que gritaban a la puerta del evento: “¡Quemen a la bruja!”.

Venezuela y el golpe frustrado de 2002

En Venezuela, Hugo Chávez es elegido presidente en 1999, y da inicio al proyecto de la “Revolución Bolivariana”. Se trata de uno de los primeros contragolpes que sufrió la enorme hegemonía estadounidense de los años 1990. La respuesta no tarda. Al año siguiente, la opinión pública del país pasa a ser bombardeada por noticias sensacionalistas y ficticias, transmitidas en los mayores periódicos corporativos locales: “Talibanes en la Asamblea Nacional”; “Octubre negro”; “Terroristas en el gobierno”. Mientras tanto, en la televisión se oyen llamados (nada “pacíficos”) para que la población “ponga abajo al presidente”.

Era el acto de apertura del golpe, hoy todavía en proceso, que se iniciaba. Su objetivo en ese momento era el de “alertar” a la prensa extranjera del “horror” vivido por la “sociedad civil” venezolana — que recién eligiera a Chávez, pero, supuestamente, ya se levantaba contra su proyecto gubernamental. Para la construcción de la imagen de una “multitud pacífica” enfrentando desarmada una “sanguinaria dictadura”, según los buenos manuales de las instituciones y fundaciones arriba mencionadas, no podría faltar el elemento desestabilizador de los francotiradores, que desde lejos disparan a varios de sus propios manifestantes, además de defensores del gobierno.

Estaba montada a trampa — la justificación para que en abril de 2002 un grupo de militares secuestrase a Chávez, y alegando que él había “renunciado”, entregara el poder de vuelta a los oligarcas, en la figura de Pedro Carmona. Entre los líderes del intento de golpe estaba el general Efraín Vázquez, formado en la Escuela de las Américas, la peligrosa academia militar estadounidense.

Pero lo que esos estrategas y sicarios no contaban era con la no pasividad popular: pocas horas después de comenzada la crisis política, el Palacio de Miraflores ya está rodeado por una multitud leal al presidente, y en menos de dos días Chávez retoma el poder.

Sin embargo, como observa Maurice Lemoine (Diplomatique, 2014), si ese intento de golpe ha sido el registro más grande que marcó a la historia, sin embargo desde la elección de Chávez la ofensiva reaccionaria no ha cesado jamás: huelga patronal en diciembre de 2001; sabotaje y paralización por meses de la fundamental empresa petrolera PDVSA, a finales de 2002, sacudiendo la tan dependiente economía nacional; y aún este año un grupaje de militares atrincherados en la autodenominada “zona liberada” de la Plaza Altamira (barrio noble de Caracas) convoca al pueblo a la insubordinación.

Después de ese golpe frustrado de 2004, ocurren las primeras acciones de guerrilla urbana, con barricadas bloqueando las avenidas de la aterrorizada capital, mientras que el gobierno colombiano neofascista de Álvaro Uribe (capo ahora aliado de EEUU, pero que una década antes fue perseguido como narcotraficante por la CIA) promueve la incursión de un centenar de sus paramilitares en el país vecino.

Haití y la invasión franco-estadounidense de 2004

En febrero de 2004, el presidente electo de Haití, Jean-Bertrand Aristide, es secuestrado por un comando de fuerzas especiales de EEUU apoyado por Francia. A la prensa internacional se le ha comunicado que Aristide había tomado la “decisión de renunciar”.

Es cierto que no fue propiamente una “decisión”, sino que, bajo la mira de fusiles M-16 — como denunció el analista político internacional Thierry Meyssan (Voltaire Net) –, y en la presencia “casual” del embajador de EEUU y Francia, Aristide acaba firmando la carta de renuncia preparada por los golpistas, en la que se argumenta que el gesto se daba para “evitar un baño de sangre”. El presidente en seguida es deportado a África Central, donde agentes franceses lo detienen.

En ese mismo año, el comandante del golpe George Bush envió a la isla sus marines, declarando con deslavada hipocresía que lo hacía para “que Haití tenga un futuro de esperanzas”.

La falta de interés de las potencias occidentales en la resolución del problema de Haití se muestra en toda su suciedad cuando recordamos que, después de su revolución de independencia, la entonces influyente Francia impuso a su ex colonia, como pena por la audacia revolucionaria de este pueblo, una deuda impagable — en concepto de “reparaciones” a propietarios de esclavos –, haciendo la nueva nación rehén de sus bancos. Más tarde, a mediados del siglo XX, el país de Bush fue el padrino de la dictadura sanguinaria y corrupta de François Duvalier, que arrasaría la ya poca estructura nacional haitiana.

El presidente Lula, en uno de los errores más crudos de su gobierno, apoyaría ese golpe. En su anhelo geopolítico — justificado y estratégico — por proyectar Brasil en el mundo, el lulismo, de modo contradictorio, se pone en posición subalterna ante los intereses imperialistas franco-estadounidenses en el Caribe. La “recompensa” del Imperio no tardaría, como Lula pudo observar bien en los recientes ataques que él viene personalmente sufriendo de alas francamente neoliberales y fascistas — desenlace que por otra parte es tradición en las alianzas entre zorros y gallinas.

Derrota del ALCA y agravamiento del golpismo – fines de 2005

En el mes de noviembre de 2005, las calles del balneario uruguayo de Mar del Plata estaban tomadas por manifestantes, en un acontecimiento que marcaría la historia de Estados Unidos: por primera vez en la historia, América Latina se unía en peso contra los designios de la superpotencia; la hegemónica supremacía de EEUU, posterior a la Guerra Fría, ya no volvería a ser lo que era. Y recordemos acá que la derrota del ALCA es sucedida por la formación de los BRICS.

Absorbida la derrota, Estados Unidos se volvería con más atención a América Latina. Desde entonces el golpismo se profundiza, diversifica métodos y amplía objetos. Los golpes — siempre manipulados o asesorados por las superpotencias — a partir de entonces pasarían a mirar no sólo a audaces gobiernos más “radicales” (como la Venezuela bolivariana con la fuerza de su sustentación militar y de los petrodólares), sino que también visan ahora a los gobiernos reformistas más blandos y adecuadamente inofensivos al capital: casos de Brasil y Argentina (ejemplos que serán analizados en esa columna el mes que viene).

 

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