Fuerza, combate y luz del Manifiesto de Montecristi

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En ACN

El 25 de marzo de 1895, José Martí, organizador y guía político de la campaña libertaria recién iniciada, y Máximo Gómez, investido en su cargo de General en Jefe del Ejército Libertador, firmaron la proclama llamada entonces Del Partido Revolucionario Cubano a Cuba, conocida en la historia como Manifiesto de Montecristi, debido a la localidad de la República Dominicana donde se produjo el acontecimiento.

Apenas un mes antes, el 24 de febrero, la antorcha de la Guerra Necesaria se había encendido en la Isla, en movimiento sincronizado entre las fuerzas revolucionarias y mambisas de Cuba y el exilio, convocados por el Maestro desde Nuevo York, donde residió los últimos 15 años de su vida.

Mediante un ingente y abnegado peregrinar por varias naciones de centro y suramérica, más intenso en los últimos dos años, Martí volvió a encender la llama de la lucha. Junto al ejercicio del periodismo, la literatura e incluso en medio del desempeño de misiones diplomáticas para naciones del sur.

Cuando llegó al convencimiento de que solo mediante la lucha armada su amada patria sería libre del colonialismo, se dedicó de lleno a organizar una nueva y esta vez definitiva etapa de la revolución independentista que en la Isla consideraba era una sola, a la que llamó una vez gesta de Yara, iniciada por Carlos Manuel de Céspedes en 1868.

No se puede resumir en pocas líneas el esfuerzo titánico que significó buscar y unir a destacados jefes del 68, obtener recursos e involucrar a cubanos de aquí y allá, entre ellos sectores muy humildes como los tabaqueros de Tampa que pusieron en función de la causa sus humildes bienes y corazón. Todo ello, en medio de una feroz persecución de espías de España y autoridades de otras naciones, y de la traición.

Luego de poder dar, por fin, la orden del alzamiento el 29 de enero de ese año, desde Nueva York, cumplida en la ínsula en la fecha prevista en medio de contratiempos y obstáculos esperados e imprevistos, el Delegado del Partido Revolucionario Cubano se dirigió a Santo Domingo, a encontrarse con Máximo Gómez. Allí arribó el seis de febrero y al día siguiente ya estaban reunidos y trabajando febrilmente para conseguir más recursos como armamentos y coordinar su viaje a la Antilla Mayor.

Pero el Apóstol creyó necesario redactar y firmar un manifiesto que explicara a los patriotas cubanos, a los pueblos de América y del mundo, las razones de la guerra que él consideraba ineludible y llamó necesaria. Aspiraba que se llevara a cabo de la manera más eficaz y rápida posible.

Ese documento de profundo alcance político, con mucho de proclama, arenga y doctrina, como se ha dicho, sentaba claramente las bases de la lucha contra el coloniaje español y no contra sus ciudadanos, de la justeza de este ideal que perseguía construir una república de leyes, “con todos y para el bien de todos”, sin racismo ni prejuicios raciales.

Se hablaba de la necesidad de una transformación real de la sociedad cubana para alcanzar la libertad y el progreso, sin injerencias ni subordinación a poderío extranjero alguno, luego de alcanzados esos objetivos. Martí hablaba entre líneas de contener los apetitos hegemonistas que había observado con ojo de zahorí, en el poderoso vecino del norte, durante su residencia en ese territorio.

Llamaba a la unidad, como garantía indispensable para alcanzar el supremo objetivo. El Maestro confirmó su intención, que no era súbita ni impensada, de participar directamente. Escribió “Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar… Ahora hay que dar respeto y sentido humano al sacrificio”. Sin dudas, las noticias que conocieron Gómez y él sobre el alzamiento, los apresuraron a partir.
Desde Costa Rica, una expedición encabezada por el Titán de Bronce, Lugarteniente General Antonio Maceo, su hermano José y Flor Crombet, entre otros, se aprestaron a viajar a Cuba para incorporarse desde el Oriente a los combates.

A todos los había convocado Martí, junto a Gómez, en un proceso no exento de contradicciones y asperezas, donde tuvo que hacer conciliar visiones diferentes, afrontar y solucionar desavenencias que parecían insalvables.

La causa patriótica primó, a favor del concierto y la unión de aquellos patricios. El coraje, la valentía y su excepcional pericia militar ya estaban probados en la campaña del 68. Todos habían aceptado al prestigioso combatiente dominicano como jefe militar supremo de la campaña.

El Manifiesto de Montecristi ha llegado a la actualidad y mantiene su importancia por tratarse de un documento programático llamado a ser muy útil.

Contenía en resumidos 10 párrafos concepciones políticas, revolucionarias y éticas esbozadas por Martí en trabajos, discursos y conferencias pronunciadas por él en sus últimos años. Desde luego, Gómez debió coincidir de plano con aquellos presupuestos, pues, además de estratega militar, era un hombre de preclara inteligencia, juicio crítico pronto a expresar, y con mucho que aportar en asuntos organizativos de la guerra, que aparecen en el manifiesto.

Martí y Máximo Gómez desembarcaron en Cuba el 11 de abril 1895 por Playitas de Cajobabo, en el extremo oriental de Cuba, en medio de una noche borrascosa, después de ser transportados por un navío que los dejó lejos de la costa. En el pequeño bote en el que hizo el peligroso trayecto final, el Delegado remó con fervor en la proa, con el alma y el corazón puestos en el empeño.

Todavía el extraordinario año de 1895 depararía otros muchos acontecimientos que marcarían para siempre la vida y memoria de los cubanos. El Manifiesto de Montecristi, como dijera el líder histórico de la Revolución Fidel Castro, es uno de los principales legados políticos dados por el Apóstol a su Patria.

Junto a la carta inconclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado, fechada el día antes de su caída en combate, confirman la firmeza, profundidad y visión de vigía incomparables del Maestro, desde su puesto destacado en el mismo centro del combate.

 

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