Análisis: El sueño hemisférico

Tomado de Comunicación para la Integración

Los meses turbulentos que precedieron las elecciones venezolanas del 20 de mayo son al parecer sólo el inicio de una ofensiva, que se anuncia implacable, para la recuperación del territorio americano como base hemisférica de los intereses estadounidenses.

La intensidad y variedad de movimientos, operativos, posicionamientos y acuerdos militares, policiaco-militares y económico-financieros con que se recolocan los poderes hegemónicos con fachada o entretelones norteamericanos y adherentes, aliados y voceros locales, no ha cesado de desplegarse en los días posteriores al 20 de mayo. Para mantener el cerco y el agobio sobre Venezuela, sin duda, pero para avanzar en una escala mucho mayor.

Si bien Venezuela es un indudable epicentro de la estrategia de recuperación y disciplinamiento continental, no deja de ser, en otro sentido, un pequeño teatro de operaciones que se replica en todos los otros países o regiones, adecuándolo a las condiciones específicas. De esta manera, no sólo dentro de Venezuela ocurren simultáneamente una gran cantidad de ataques, intervenciones o provocaciones de distinto tipo y en sectores y geografías diferentes, sino que puede observarse una situación similar desde una perspectiva macrocontinental. La combinación de mecanismos, ritmos, intensidades y sectores implicados en una ofensiva de esta naturaleza no tiene freno; siempre puede agregarse algo más para potenciar los resultados deseados, y para complicar la comprensión del fenómeno y la capacidad de respuesta del pueblo afectado. La idea es ocupar espacios al ritmo y de acuerdo con las características y condiciones de cada uno y, a la vez, no dejar resquicios desde donde la resistencia a esta intervención pueda levantarse.

Dentro de las operaciones que pueden identificarse como componentes de una política de inducción al sometimiento regional o de (re)construcción de los disciplinamientos hegemónicos se distingue un amplio abanico que comprende golpes parlamentarios; colaboraciones militares permanentes o específicas; entrenamiento, capacitación y adoctrinamiento; cambios normativos que facilitan la consolidación y ejercicio de estados de excepción dirigidos a combatir al real, potencial o imaginario enemigo interno; patrullajes militares; instalación, refuncionalización o modernización de bases militares; aumento en los presupuestos de seguridad y defensa; avituallamiento con equipos de combate y vigilancia de alta sofisticación; sistemas cooperativos de inteligencia; fuerzas especiales con integrantes oficiales o contratistas (mercenarios); ejercicios militares conjuntos; creación de fuerzas de tarea combinadas; sabotaje alimentario, sanitario y/o de servicios básicos; (agua, electricidad, comunicaciones); creación de grupos de choque; bloqueo comercial y financiero; desestabilización monetaria; deuda; operativos de “uso de la ley como arma de guerra” (Dunlap, 2009) o lawfare; y hasta utilización de catástrofes naturales para rediseñar territorialidades y controles.

No abordaremos en este texto todos los campos de intervención señalados. Nos interesa particularmente dar cuenta de las actividades que profundizan la tónica militar de las relaciones políticas y territoriales en el Continente y, dentro de este campo, aquellas ya previstas y explicitadas especialmente por el Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en su programación de actividades de 2018. Siempre hemos considerado que las investigaciones en este terreno deben conducirnos a la posibilidad de diseño de estrategias preventivas, que se adelanten a los acontecimientos y amenazas bélicas.

En lo que va del siglo XXI, la tendencia al reforzamiento del sentido y las actividades militares es una característica generalizada. Por un lado, los presupuestos de bienestar social de los países de la región han sido sacrificados mientras los de defensa y seguridad se mantienen altos o incluso se incrementan (ver cuadro 1); por el otro, lo más significativo y preocupante, es la inclinación creciente a enfrentar o pretender resolver cualquier tipo de conflicto –incluso los llamados desastres naturales– mediante políticas y mecanismos propios de la visión militar. No es sólo la presencia de tropas la que marca las pautas de la militarización sino las modalidades confrontativas e intolerantes o unilineales de la política -de amigo-enemigo-, y la definición del mundo como campo de batalla.

Cuadro 1 

Presencia del Comando Sur

Prueba de la creciente militarización de la política continental es el activo protagonismo del Comando Sur, uno de los cinco Comandos de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos que se reparten el mundo sin dejar fuera mares, islas y cascos polares. Notable también, en los últimos tiempos, es la asiduidad de sus visitas a la región y la versatilidad con la que se mueven sus altos mandos, encargándose de actividades incluso diplomáticas. Las visitas de emisarios civiles han ido cediendo terreno a las de los militares aunque también las primeras han sido mucho más frecuentes que en otros momentos

En sus documentos estratégicos, el Comando Sur establece tres líneas principales de intervención:

  1. En el terreno político, ampliar y profundizar relaciones con los gobiernos afines, así como tejer relaciones similares con el resto. Aquí podría mencionarse como caso paradigmático el restablecimiento de convenios y todo tipo de colaboraciones en el campo militar, policial y de seguridad en general con Ecuador;
  2. En el terreno militar propiamente dicho, contrarrestar las redes criminales o terroristas transnacionales (Transnational threath networks), consideradas como una amenaza difusa, difícil de detectar y desmontar, que tiene asiento en algunos gobiernos pero que se mueve en ámbitos no institucionales también. Con estos criterios se cataloga al gobierno venezolano y se intentan justificar las medidas de asedio y bloqueo con las que se le ha castigado;
  3. En el terreno operativo, preparar formas de respuesta rápida (ayuda en caso de desastre y “asistencia humanitaria”). En este aspecto es importante resaltar que en todos los casos el propósito principal consiste en el entrenamiento de mandos y tropas estadounidenses, aunque siempre se combina con la creación de vínculos y homogeneización de criterios y comportamientos con las Fuerzas Armadas de los países de la región que incorporan la agenda de seguridad del hegemón.

Es así que a través de estos ejes se proyecta la realización anual de cientos de acciones en la región que incluyen conferencias entre distintas ramas de las Fuerzas Armadas del área, giras, foros, seminarios, ferias y por supuesto entrenamientos y ejercicios.

Las actividades reportadas por el Comando Sur en el primer semestre de 2018 incluyen tres visitas de contingentes militares latinoamericanos (salvadoreños y colombianos) a Estados Unidos, además de intercambios de capacitación y entrenamiento regulares de las Fuerzas Armadas de la región. No obstante, lo que destaca en este periodo es el nivel que tuvieron las reuniones. Como en pocos momentos, la presencia de altos funcionarios de la Casa Blanca, del propio Secretario de Defensa y del Comandante en Jefe del Comando Sur ha sido reiterada y, en general, muy visible. En buena medida estuvo relacionada con la necesidad de amarrar acuerdos que multiplicaran el asedio a Venezuela pero también responde a las políticas de afianzamiento de las posiciones continentales pensadas estratégicamente (en el mediano y largo plazos).

Tenemos documentada la realización de al menos once reuniones entre representantes del Comando Sur y sus pares del área Sudamericana, principalmente de Colombia y Chile. Mención aparte merece el encuentro en Washington entre el Ministro de Defensa de Brasil Joaquim Silva e Luna, y el Secretario de Defensa de Estados Unidos James N. Mattis durante el mes de abril, en la que se abordó el tema de la crisis venezolana, así como la cooperación entre ambos países.

Adicionalmente, entre el 9 y 10 de mayo, el Jefe del Comando Sur fue coanfitrión, junto con el Ministro de Defensa Nacional de El Salvador, David Munguía, de la Conferencia de Seguridad de Centroamérica (CENTCEC). Los temas principales tratados fueron la aportación de información, así como el trabajo compartido en materia de amenazas transnacionales (Ruíz, 2018).

El asedio a Venezuela

El inicio del año estuvo marcado por una fuerte presencia militar estadounidense en el área Caribe-Cuenca amazónica, en el entorno de Venezuela justo cuando se realizaba el diálogo con la oposición en República Dominicana y no terminaba de definirse la fecha de elecciones.

Entre enero y febrero las Fuerzas de Operaciones Especiales del Comando Sur (SOF-SOCSOUTH) y sus contrapartes locales realizaron en Panamá un entrenamiento que simuló operaciones de alto riesgo en contextos urbanos, así como escenarios de intervención ante un posible sabotaje en el Canal de Panamá. En específico, se prepararon para una hipotética liberación de rehenes que permanecían cautivos por un grupo fuertemente armado en entornos selvático y de playa, conformando grupos de reacción rápida para intervenir en una situación de crisis, que podía ser ésa o alguna otra similar.

Entre marzo y junio se hicieron cuatro ejercicios del llamado Continuing Promise (actividades médicas diversas). En marzo y abril tuvieron sede en Honduras y Guatemala, desplazándose hacia Colombia durante el mes de mayo, acompañando la fecha de las elecciones en Venezuela.

Entre el 16 y 20 de abril, coincidiendo con la primera fecha que se había determinado para la elección presidencial en Venezuela, se despliega en Trinidad y Tobago un ejercicio para desastres naturales y ensayo de situaciones para contrarrestar amenazas transnacionales, llamado Fused Response.

Completando el cuadro, entre el 11 de abril y el 21 de junio, la presencia estadounidense en la frontera panameña se garantiza con un ejercicio Nuevos Horizontes, en los departamentos de Coclé, Veraguas y Darién. A través de proyectos de ingeniería y brigadas médicas, se movieron por la zona alrededor de 200 efectivos militares provenientes de Estados Unidos.

Durante todo este periodo, que según algunos analistas amenazaba con una posible intervención militar en Venezuela, Colombia y Perú jugaron como piezas clave. Colombia manejando el argumento de la crisis humanitaria en la frontera venezolana, lo que apuntaba incluso a prever la solicitud de una misión de paz de la ONU con sus famosos Cascos Azules, que en realidad ya parece estar iniciando con la presencia de Cascos Blancos venidos de Argentina para colaborar con la atención médica de los refugiados venezolanos en Cúcuta y Maicao, iniciando el 26 de junio y con una duración prevista de seis meses (Gobierno de Colombia, 2018); y Perú, como sede del Grupo de Lima, especie de grupo de choque anti-gobierno-venezolano, promoviendo exigencias, presiones, y amenazando con la intervención.

No obstante, la participación de Perú no se limitó a acoger al Grupo de Lima. También tuvo su parte en la configuración del abanico de fuerzas norteamericanas en la región. En el puerto de Callao, entre el 16 y el 24 de abril, se hizo el ejercicio marítimo Silent Forces Exercise (SIFOREX), dedicado fundamentalmente a la guerra antisubmarina, con entrenamientos de interdicción o de búsqueda y rescate en superficie. Este es un ejercicio habitual pero no por eso deja de ser parte del mismo cuadro.

Los ejercicios y entrenamientos militares, sin ser el único elemento a considerar dentro de este proceso de reconquista continental, merecen un lugar destacado para el análisis del incremento de la presencia militar en la región, así como para calibrar las estrategias y sus sentidos. Podemos distinguir de manera muy general entre un conjunto de ejercicios que se llevan a cabo de manera periódica como el SIFOREX, algunos más que tienen lugar en el caso de desastres naturales y otros que son realizados de manera aparentemente aleatoria pero que claramente apuntan a los focos de interés coyunturales.

Colombia, el aliado insoslayable

Colombia recibió a inicios de febrero la visita de Rex Tillerson, Secretario de Estado y portador de los intereses estratégicos del Estado norteamericano y de sus gigantes petroleras, Exxon y Chevron. Los temas tratados, visiblemente, fueron la crisis en Venezuela, la disponibilidad y uso de las reservas petroleras de la zona, y el afianzamiento militar de las posiciones hegemónicas para la preservación del buen funcionamiento de las instituciones capitalistas, públicas y privadas. A fines de febrero, Thomas Shannon, Subsecretario de Estado para Asuntos Políticos, volvió para confirmar alianzas e intereses compartidos.

A mediados de febrero, complementando las visitas de las autoridades políticas, el Jefe del Comando Sur, Almirante Kurt W. Tidd, se reunió con el presidente Juan Manuel Santos, el vicepresidente Óscar Naranjo y el Ministro de Defensa, e hizo una visita a la Fuerza de Tarea Conjunta apostada en la base de Tumaco. Adicionalmente, en un mes hubo por lo menos tres reuniones estratégicas, que fueron retribuidas por una visita oficial de agradecimiento del propio presidente Juan Manuel Santos al Cuartel del Comando Sur en Miami, en un evento por lo demás inusual, aunque entendible considerando la intensidad de la colaboración entre ambos países.

Tumaco es una base importantísima por su ubicación en la frontera con Ecuador y en la costa del Pacífico. Equiparable a la ubicación de Manta, desde donde Estados Unidos operó las actividades de monitoreo o incluso intervención en la Cuenca Pacifico-Amazónica entre 1999 y 2009. La hipótesis de una negociación entre los gobiernos de Estados Unidos y Colombia respecto a la concesión de Tumaco a las fuerzas estadounidenses es sin duda pertinente tanto desde la perspectiva del análisis estratégico como desde la observación de los movimientos que están teniendo lugar en esa región, incluyendo los incidentes en la frontera con Ecuador.

Todo esto en el marco de un cambio cualitativo en el papel de Colombia en el concierto internacional al convertirse en el primer país latinoamericano en ingresar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El 31 de mayo se oficializa el ingreso de Colombia como socio global de la OTAN, que se venía procesando desde 2013. Justo en el momento previo a unas elecciones que traen de regreso abiertamente a Álvaro Uribe, mediante el triunfo de su partido Centro Democrático y a través de la figura de Iván Duque. Dos hechos confluyentes que apuntan a un endurecimiento general de la política interna y externa colombiana, así como a un reforzamiento de la militarización y paramilitarización. El agravante es que, en cualquier conflicto que se vea implicada Colombia, podrán intervenir uno, varios o todos los miembros de la OTAN, lo que complica notablemente las tensiones en el área latinoamericana y caribeña.

Por lo pronto, el Congreso de Estados Unidos ha aprobado un presupuesto de 391 millones de dólares para Colombia, para el año fiscal 2018-2019 y la ayuda planeada para el siguiente año es de 266 millones. (Foreign Assistance, 2018)

Ejercicios militares en Sudamérica y la Cuenca del Caribe

A partir del 1º de junio fue desplegada la Fuerza de Tarea Especial Marítima Aire-Tierra del Comando Sur (SPMAGTF-SC). Por cuarta ocasión y de manera consecutiva, dicha fuerza es enviada a distintos países de América Latina. En este caso se trata de Belice, El Salvador, Guatemala, Honduras y Colombia. Un contingente conformado por aproximadamente 300 efectivos de la infantería de Marina de Estados Unidos, desarrolla una fuerza de tarea multinacional para mejorar la capacidad de respuesta a desastres en América Latina y el Caribe. Por primera vez un miembro de las naciones anfitrionas hará parte del personal de comando, se trata del Teniente Coronel de la Marina colombiana Erick H. del Río. (Southcom, 2018).

El ejercicio Tradewinds se realizó en las islas de St. Kitts y Nevis  del 4 al 12 de junio y en Bahamas del 13 al 21 de junio. Contó con la participación de más de 20 países y consistió en entrenamientos para contrarrestar amenazas de seguridad diversas (desde control de multitudes, hasta ciberataques) y para responder en caso de desastres (Stt. Kitts and Nevis Observer, 2018).

En lo que respecta al segundo semestre de 2018, se tiene contemplada la realización de distintos ejercicios marítimos. En primer lugar destaca uno de los de mayor envergadura en su tipo, UNITAS, en el que tomarán parte buques de guerra y submarinos de al menos trece países y que tendrá lugar en Cartagena, Colombia, en septiembre (Las noticias de Cartagena, 2018), y al que en esta ocasión se incorporará Ecuador. También está acordado el ejercicio conocido como UNITAS Amphibious (Brasil), a realizarse en 2018 y 2019 (Marina de Brasil, 2018).

Del 4 de agosto al 18 de octubre serán desplegadas embarcaciones hacia Colombia, Trinidad y Tobago, Honduras, El Salvador y Panamá en el marco del ejercicio Southern Partnership Station, dedicado al intercambio entre las fuerzas armadas y de seguridad de los países involucrados. Del 30 de julio al 10 de agosto tendrá lugar el Panamax, en el que participan una veintena de países. Una parte del entrenamiento se realizará en Mayport, Florida, mientras que la simulación de ataques al canal de Panamá se llevará a cabo en área de tránsito interoceánico. Hacia finales de este año se tiene prevista la realización, también en Panamá, del ejercicio de habilidades militares enfocado en Fuerzas Especiales conocido como Fuerzas Comando.

Ampliación del territorio aliado

El propósito de estrechar vínculos con la mayor cantidad de países del área, además del reforzamiento casi constante de las alianzas ya forjadas, conduce a Estados Unidos a buscar relaciones que combinan aspectos económicos, comerciales, políticos, culturales y de seguridad en general. En nuestra hipótesis, hay dos países que destacan en este interés al momento: Paraguay y Ecuador.

Paraguay siempre ha sido un punto clave en la política estadounidense referente al Cono Sur del Continente. Es el país bisagra entre los más desarrollados de la subregión y en muchos sentidos su posición es estratégica. En las tierras orientales de Paraguay se encuentra la capa de acceso más delgada al Acuífero Guaraní y simultáneamente son asiento de minerales detectados pero no declarados de acuerdo con reportes de pobladores de la zona. Paraguay se ha convertido en un paso disfrazado de soja argentina evasora de impuestos y las tierras orientales han venido siendo apropiadas por los llamados “brasiguayos”, finqueros que han ocupado muchas de las tierras de campesinos desplazados, que tienen guardias privadas y producen carne de exportación y marihuana. En esa región paraguaya la moneda en curso es el real (brasileño) y la lengua más común el portugués. Buena parte de las fronteras es fluvial, lo que abona a una porosidad que la historia ha auspiciado y aprovechado largamente. Pero además la región occidental, colindante con Bolivia, es un páramo muy bien ubicado en posiciones de alcance equidistante de las principales ciudades del Cono Sur, que alberga la base militar de Estigarribia donde han operado las Fuerzas Armadas estadounidenses desde los años ochenta. Coincidentemente, este territorio contiene yacimientos de hidrocarburos

Aunque es un país pequeño al que no siempre se le otorga el destaque que merecería, es el territorio desde donde se genera la mayor cantidad de energía eléctrica de Sudamérica, con las hidroeléctricas de Yacyretá, que alimenta a Argentina y de Itaipú, la mayor del mundo, que alimenta a Brasil.

Desde tiempo atrás, la hipótesis de Paraguay

 

Acerca de aucalatinoamericano

Auca en Cayo Hueso: Debates y reflexiones desde latinoamerica.

Publicado el agosto 10, 2018 en América Latina y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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