Jair Bolsonaro: Un buen hijo… de Trump

Desde antes de asumir la presidencia de Brasil gracias a mucho factores adversos para la izquierda-, Jair Bolsonaro ya enseñaba la oreja fascista que lo ha caracterizado en gran parte de su vida, en la que se inclinó a ser un fiel y seguro servidor del imperialismo norteamericano, tras echar por la borda una etapa de nacionalismo extremo, tampoco buena.

Ya Bolsonaro había sido elogiado por el Imperio, por su política anticubana, que provocó la salida de miles de galenos antillanos de Brasil, dejando sin atención médica a millones de personas pobres en zonas apartadas, así como por la campaña emprendida por su cancillería que echaba la culpa a Cuba de todos los males, en los que incluía al Gobierno Bolivariano de Venezuela.

Ahora, tras la propaganda acerca de que había aumentado el salario mínimo, que no verían las decenas de miles de funcionarios que despidió, porque eran presuntos partidarios de Lula y su Partido de los Trabajadores, abrió la Amazonía y zonas limítrofes a las mineras y otras transnacionales, sin consultar a sus legítimos y legales dueños, la población indígena, y anulando los entes públicos que hacían respetar tal situación.

HACEDOR DE DAÑO

Expertos en el combate al cambio climático afirman que Bolsonaro se ha convertido en un enemigo peor que Trump en esa cuestión tan peligrosa para la vida.

La Amazonía abierta para la explotación tiene cinco millones y medio de kilómetros cuadrados, más de la mitad del territorio selvático que existe en el planeta, y el 60% le pertenece a Brasil, cuyo Instituto Nacional de Investigación Espacial ha establecido, a través de un estudio que hace con imágenes satelitales, que entre agosto del 2017 y julio del 2018 se perdieron 7 900 kilómetros cuadrados de vegetación.

En el país que se precia de ser el mayor exportador de carne y soja del mundo, han habido casos como el de Cecílio do Rego, un terrateniente que se apropió de cinco millones de hectáreas en el corazón de la Amazonia, con minas de oro y reservas indígenas adentro, y no la deforesta sólo por la madera, sino para conseguir parcelas que se vuelvan campos.

La promesa de campaña de Jair Bolsonaro de que en la selva amazónica “no habrá un solo centímetro cuadrado demarcado como reserva indígena”, no se contradice a priori con su designio de aprovecharse de sus derechos a esas tierras ancestrales para transformarlas en plantaciones, minas, latifundios, porque vienen de alguien que supo convertir a los aborígenes en objeto de su discurso xenófobo, cuando los tildó de “indios hediondos, no educados y no hablantes de nuestra lengua”, como si se tratara de extranjeros.

Anuncia una “reforma agraria” a su manera, que no tendrá en cuenta ni uno solo de los reclamos históricos del Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra de Brasil, a quienes considera “bandidos” y “terroristas”, pero sí involucraría a los pueblos originarios, a los que les ha prometido —llevando su demagogia al extremo— que una vez que tengan títulos de propiedad que les permitan vender o arrendar sus tierras, e incluso explotar sus riquezas minerales, podrán vivir de las regalías que les paguen las empresas mineras, del ganado y de los cultivos.

LA MENTIRA COMO INSTRUMENTO

Si usted tiene paciencia, e Internet, tendrá la oportunidad de ver un insólito video donde la puesta en escena incluye a una aborigen que se presenta como votante de Bolsonaro y delegada de los pobladores de la reserva indígena Xingú, una de las más grandes del Mato Grosso. El ex capitán dice que las reservas naturales son como “zoológicos” habitados por indios, que él viene a “emanciparlos” y no a matarlos —una aclaración que hace, mientras ella lo traduce a su lengua y lo filma con su teléfono—, y que los indígenas también son brasileños y seres humanos como “nosotros”.

Claro que este buen servidor de Trump, tan apegado como un hijo querido, no menciona el lobby del empresariado que pugna por dar un marco legal a la explotación de buena parte de la Amazonía.

Su convencimiento de que “esas riquezas no pueden seguir siendo intocables”, justifica su intento de eliminar a esas poblaciones de su papel conservacionista y de su estilo de vida autosustentable.

Es decir, en vez de combatirlos, los engaña, al proponerles negocios, luego de haber aprovechado su voto. Solo faltaría, que hiciera como los primeros colonialistas, evangelizarlos, aunque tenga que utilizar la fuerza, este buen hijo… de Trump.

Por CubaSí

 

Acerca de aucalatinoamericano

Auca en Cayo Hueso: Debates y reflexiones desde latinoamerica.

Publicado el febrero 15, 2019 en EE.UU. y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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