Cuando se duplicó la Enmienda Platt

Cuando se duplicó la Enmienda Platt

Enmienda Platt: Apéndice al proyecto de Ley de los Presupuestos del Ejército aprobado por el Congreso de Estados Unidos, e impuesto como parte del texto de la primera Constitución de la República de Cuba, elaborada por la Asamblea Constituyente de 1901, bajo la amenaza de que si no la aceptaba, Cuba seguiría ocupada militarmente.

Probablemente nadie haya logrado reflejar de manera tan genial la realidad nacional de inicios del siglo XX como el destacado historietista Ricardo de la Torriente (padre del personaje Liborio). Sus caricaturas simbolizaban la Cuba confundida, frustrada, cansada; que luego de 30 años de lucha, en lugar de disfrutar la anhelada libertad, acababa con otra soga al cuello, la de los “amigos” del norte, quienes supuestamente habían intervenido en auxilio de las fuerzas mambisas para acelerar el fin de la dominación hispana. Pero, quedó demostrado, en el fondo traían planes más ambiciosos.

Las sátiras de Torriente dibujaban la República que nacía marcada por el puño de hierro del Tío Sam. Y, como si no bastara, para “aliviar” el suplicio del pueblo ultrajado Estados Unidos recetó una píldora amarga: la Enmienda Platt. Mediante ese texto —que fue impuesto como apéndice a la Constitución de 1901 y aprobado bajo la amenaza de extender la intervención militar yanqui— Estados Unidos aseguraba el dominio férreo de la nación caribeña, arrogándose el derecho de intervenir cuando lo estimara conveniente y de ocupar parte de su territorio para establecer bases navales, entre otras concesiones.

Con esas medidas, que usurpaban la independencia y menoscababan la dignidad del pueblo cubano, el imperialismo se quitaba totalmente la máscara y mostraba los dientes piratas.

Quedaba por ver todavía. Como para dar un golpe sobre la mesa y aplastar cualquier duda sobre la potestad del mando norteamericano sobre el gobierno títere, el documento establecía en su artículo final que: “pa­­ra ma­yor seguridad en lo futuro, el Go­bierno de Cuba insertará las anteriores disposiciones en un Tra­tado Per­manente con los Estados Uni­dos”. Así se esfumaba la posibilidad de que se rompiera la cadena neocolonial, en el presunto caso de que, pasado algún tiempo, fuera modificada o sustituida la Carta Magna de 1901.

Para concretar esa disposición, el 22 de mayo de 1903  los cancilleres de ambas naciones suscribían el susodicho Tratado Permanente —firmado un día como hoy, hace 116 años—, que reproducía las mismas cláusulas de la Enmienda. El Tratado Permanente estableció “la coyunda insoportable de la Enmienda Platt”, a decir del notorio periodista de la época republicana, Manuel Márquez Sterling. Para varios historiadores e investigadores ambos instrumentos eran tan similares, que no por gusto los citan como si fueran lo mismo.

Como bien se previó, la validez de este Tratado no dependía de la vigencia del texto constitucional, sino que solo podía ser anulado por acuerdo entre los estados firmantes. Es decir, su letra duplicaba los principios injerencistas del engendro plattista para garantizar, por partida doble, las prerrogativas imperialistas sobre la mayor de las Antillas. Nacía un monstruo de dos cabezas.

No obstante, desde el mismo momento de su imposición arreció la lucha de los patriotas cubanos por la eliminación de la Enmienda Platt y el Tratado Permanente. Con Mella, Villena, Guiteras y otros al frente, desde los movimientos: universitario, obrero y comunista se luchó por abolir los dos mecanismos macabros.

Dada esa lucha sin cuartel, para 1934 los días de la Enmien­da estaban contados, aunque su anclaje político-económico (el Tratado Permanente) fue maquillado y rebautizado con el nombre de Tratado de Relaciones Cuba-Estados Unidos, que prometía otra reciprocidad ficticia. Se consumaba una nueva jugada sucia contra la soberanía insular.

Los preceptos del Tratado Permanente —en sus dos tiempos— no lograron eternizarse. El 1.º de enero de 1959 la Revolución triunfante llegó y mandó a parar. Sin embargo, aquel mecanismo proanexionista no se enclaustra en los libros de historia ni es absolutamente cosa del pasado, ahí queda, como recuerdo pendiente y llaga en el alma nacional el territorio de la desacreditada Base Naval de Guantánamo; a pesar de los innumerables reclamos para que sea devuelta a sus legítimos dueños.

Tampoco han desaparecido las ansias injerencistas en los círculos de poder de Estados Unidos; por el contrario, se han acrecentado hasta llegar a los límites del odio y la aberración. Vale ratificar que los intereses geopolíticos del poderoso vecino en torno a la perla antillana no es cosa de hoy ni de los años de gobierno revolucionario, sino que se remonta a cuatro siglos de diferendo.

Esa lamentable e inaceptable tradición de leyes y acciones para encauzar —a su conveniencia— los destinos de la isla, cobran vigencia por estos días con la agudización del bloqueo económico, financiero y comercial establecido hace seis décadas; así como con la activación de la Ley Helms-Burton, que intenta establecer otro cerco diabólico e intimidar a los países del mundo para que den la espalda a Cuba. Las leyes del bloqueo y la Helms-Burton encarnan la Enmienda Platt y el Tratado Permanente de los tiempos modernos. El monstruo de dos cabezas redivivo.

La actual administración estadounidense y sus lacayos no pierden ocasión para idear nuevos métodos en el afán de apoderarse de la isla rebelde que, a solo 90 millas de distancia, significa una espina atravesada en la garganta. Hay que tenerlo presente: ese objetivo se ha vuelto una auténtica obsesión. Obcecados, viven esperando que caiga en sus manos la fruta madura. Y Cuba sigue ahí, cada vez más firme, floreciente, afianzada a sus raíces y segura de sus propios esfuerzos.

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Publicado el mayo 22, 2019 en Cuba y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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