José Martí, la “supremacía cuántica” y un socialismo competente

El siglo XX nació con una revolución del conocimiento científico. Lo que se suponía inmutable por filósofos, teólogos y brujos acerca de la materia no lo era. Antes se creía que la luz era una cosa y las piedras otra. La luz es impalpable, solo detectable con nuestros ojos, y las piedras las podemos tocar y pesar, para comparar sus cantidades de masa con respecto a la gravedad de la tierra. La ciencia nos demostró que la masa puede comportarse como la luz y que la luz tiene masa, pero de tamaño muchísimo menor que el de nuestros propios cuerpos humanos.

Una cosa es como vemos el universo con nuestros sentidos y desde nuestras individualidades y otra como es realmente. No somos sus dueños, solo parte de él. Habitamos nuestras propias escalas de espacio y tiempo en este grandioso escenario. Martí se asombraba de las similitudes y diferencias en los procesos naturales y sociales en 1884 y escribía: “Universo es palabra admirable, suma de toda filosofía: lo uno en lo diverso, lo diverso en Io uno”.

El razonamiento matemático fue el que nos permitió entender el asunto. Esa ciencia que había nacido y crecido contando estrellas y ovejas, se convirtió en nuestra principal herramienta lógica. Permite pensar más allá de nuestra limitada habitación en el cosmos para comprender mucho de lo que no está directamente al alcance de nuestros sentidos.

Un éxito particular se tuvo con la llamada Mecánica Cuántica. Nació sin intención alguna de resultados económicos y gracias al Álgebra y a la Estadística que se habían desarrollado antes y tampoco habían creado valor material notable. Los que las desarrollaron no trabajaban para aplicaciones inmediatas, sino por lo más característico y singular del género humano: la sabiduría. La Mecánica Cuántica se usó entonces para comprender, modelar y calcular fenómenos físicos originados en las dimensiones atómicas. Tuvo un éxito extraordinario gracias a que con ella pudo predecirse de forma muy precisa algunas magnitudes de esas escalas que antes solo podían medirse con extraños experimentos.

Dentro de las herramientas algébricas que se usan en la Mecánica Cuántica está la “combinación lineal”. Se trata del nombre matemático de una suerte de suma donde varios términos independientes contribuyen de alguna forma a un valor resultante. El peso de cada una de sus contribuciones en la combinación lineal está dado por ciertos “coeficientes”, que multiplican a tales términos de referencia. Es como si intentáramos describir la biología de cada uno de nosotros como una suma de términos basada en la biología de cada uno de nuestros tatarabuelos. De esa forma, nuestro ADN sería aproximadamente el resultado de la combinación lineal de los 16 tatarabuelos que todo ser humano tiene. La diferencia entre hermanos vendría dada por la forma (o el “coeficiente”) con que cada uno de esos ADN tatarabuelos participa en la suma. Tenemos el mismo árbol genealógico de ADN que una hermana de padre y madre. Nos diferenciamos de ella porque los “coeficientes” que aportan cada uno de los ancestros no tiene que ser igual: una tatarabuela española pudo influir más en la hermana y un tatarabuelo africano más en su hermano.

La mayor parte de los éxitos recientes en las aplicaciones de la Mecánica Cuántica se deben precisamente a la combinación lineal. El estado o la forma en que se encuentra un sistema en un momento dado siempre se puede representar así en términos de otros estados asociados.

En una muy reciente noticia, y aparte del tufo sensacionalista que tiene este término, el consorcio de “Google” anunció que ha logrado la “supremacía cuántica”. Resulta que construyeron e hicieron funcionar una de las llamadas “computadoras cuánticas” con más capacidad que su competidora de la “IBM”. Expresaron las posibles combinaciones de los estados activos o no, cambiantes, de un sistema de objetos en un tiempo ínfimo en comparación a como lo haría una computadora clásica. Se logra gracias a que trabajan combinando todos los posibles estados casi simultáneamente. Usan intensivamente la lógica del Álgebra y la Mecánica Cuántica.

Es en este punto en el que nuestras necesidades de “destrabar”, como suele expresar nuestro presidente, las formas socialistas de producción pueden encontrar una referencia útil siguiendo el ideario martiano de que el universo es único y también diverso. El socialismo y el capitalismo están en el mismo universo. Se diferencian esencialmente por la forma de propiedad y consecuentemente por la utilidad final de la plusvalía. Este es el valor que los trabajadores crean y que no va directamente sus bolsillos como salario. En el capitalismo es para unos pocos dueños y en el socialismo es para todos. La competencia con IBM y otras muchas organizaciones llevó a Google a producir ese resultado científico en una carrera sin freno por la innovación y el progreso. El proceso competitivo e innovador que lo impulsa es parte del mismo universo común al capitalismo y al socialismo, donde es la forma de propiedad y no los métodos de gestión son los que dan la diversidad.

Siguiendo patrones de intentos socialistas dolorosamente fracasados, nuestro muchas veces “trabado” sistema económico es hoy ajeno a la competencia entre las entidades que son de todo el pueblo. Nos privamos así de un motor que bien administrado podría hacer que se maximicen la innovación, el progreso y la eficiencia en la gestión. Experimentar con la competencia podría propulsarnos sin trabas gracias a la diversidad, en este universo que Martí nos ayudó a entender. Podemos hacer un ejercicio mental con nuestras realidades diarias y seguramente se nos ocurrirán muchos escenarios económicos y sociales donde la diversidad y la competencia podrían transformar y “destrabarlo” todo. ¿No es de revolucionarios experimentar con la competencia para cambiar esto que debe ser cambiado?

Por: Luis A. Montero Cabrera

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