A Bolsonaro hasta sus socios lo creen un peligro

Jair Bolsonaro

El recuerdo de la dictadura hace que la frase suene como algo horrendo: sin embargo, los militares parecieran la tabla de salvación de Brasil ante la ignorancia y prepotencia con que el Presidente mal maneja el avance de la Covid-19. ¿Una metáfora?

Su actitud repite los mismos equívocos —otro eufemismo— con que el mandatario asumió los incendios que asolaron la Amazonía el año pasado, vistos por él con la misma despreocupación y tomados en cuenta a destiempo.

Ahora no se sabe si en algún momento Bolsonaro reparará en los peligros que enfrenta una ciudadanía ante la cual se ha convertido en el más destacado promotor contra las medidas sanitarias de rigor para detener el contagio.

Los riesgos, igualmente graves en aquella circunstancia como en esta podrían ser, sin embargo, más impactantes esta vez, pues si Bolsonaro no permite que se haga lo pertinente, el virus podría propagarse por todo Brasil a una velocidad tal vez mayor que lo hicieron los siniestros en la enorme y rica floresta, y matar a más personas.

Primero, el mandatario consideró públicamente la epidemia como «una gripecita», y ahora ha vuelto a desafiar el salvador alejamiento social establecido en muchas regiones, con su presencia reiterada en medio de muchedumbres como ocurrió el domingo, cuando acudió sin nasobuco a otra concentración de sus seguidores —porque, pese a todo, los tiene y los usa para desafiar al Congreso— y estrechó manos a diestra y siniestra sin que se viera desinfectante alguno entre un saludo y otro…

Es más: él mismo puede ser un portador, pues los medios aseguran que todavía debería guardar cuarentena luego de un análisis para detectar la COVID-19 que debe repetirse estos días, según el Ministerio brasileño de Salud.

Mientras, los reportes dan cuenta de que el mal va in crescendo en Brasil, donde este lunes se informaba de 4 579 contagios y 159 muertos, de manera que el gigante sudamericano va a la cabeza de la región. Hasta la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) le ha pedido que implante medidas de control.

Demasiado escandaloso a estas alturas, el suceso dominical resultó el puntillazo que sacó a la luz el manifiesto firmado por líderes opositores y miembros de esos partidos junto a una veintena de instituciones públicas a los que, como apuntó una observadora brasileña, la amenaza del contagio ha logrado unir, como no lo hicieron las elecciones de octubre de 2018.

En el texto, los suscriptores consideraron que «Bolsonaro es más que un problema político, se volvió un problema de salud pública, le falta grandeza; debería dimitir (…)».

No fue una postura eventual ni oportunismo político.

Desde hace días son visibles los enfrentamientos del Presidente con gobernadores de varios estados y una buena cantidad de alcaldes, debido a su desconocimiento de las medidas dictadas por esas autoridades en sus territorios.

Además, Bolsonaro lleva semanas en puja con el Congreso.

Su empecinamiento en desconocer los peligros que acechan a los suyos —actitud tan parecida, otra vez, a la escasa percepción de riesgo que ha estado manifestando su colega estadounidense Donald Trump— ha sido penalizada incluso por la red social Twitter, que generalmente no se mete con usuarios de ideología como la de Bolsonaro y, sin embargo, se ha visto obligada a retirar de la internet dos videos suyos.

En las grabaciones, el Jefe de Estado abogaba por terminar con el confinamiento y defendía el uso de la cloroquina para detener la enfermedad, aunque ello no esté reconocido como efectivo ni estipulado en algún protocolo médico.

El hecho puede entenderse como insólito. Pero es superado en su trascendencia por los comentarios que calientan la red de redes desde la semana pasada, y que dan cuenta de dos reuniones «discretas» sostenidas por varios de sus excolegas de las Fuerzas Armadas (FA): militares prominentes que han hablado en esas citas de una posible sustitución presidencial y, en tal caso, manifiestan su respaldo al vicepresidente, general Hamilton Mourao.

A principios de marzo, algunos analistas apuntaban no sin alarma que el mandatario seguía nombrando a miembros de las Fuerzas Armadas en el gabinete y en importantes instituciones. Ahora ellos podrían estarle dando la espalda.

La posibilidad es preocupante en tanto una eventual salida de Bolsonaro implica que se nombre a su segundo si ello fuera mediante un impeachment —el jefe de Gobierno insiste en que no va a renunciar—, y no existiera un movimiento político y popular que se hiciera presente, con fuerza, en tal hipotética coyuntura.

Mourao, quien ha desafiado a Bolsonaro ya en otras ocasiones y se pronuncia cuidadosamente ahora contra algunos de sus dislates, apuntaba hace dos días en Twitter la necesidad de proteger a la población aunque «no estamos en los 80»… Sonaba tranquilizante; pero este martes enalteció a la dictadura en el aniversario 56 de su llegada al poder.

Según valoró, «las FA intervinieron en la política nacional para enfrentar el desorden, la subversión y la corrupción que se abalanzaban sobre las instituciones y asustaban a la población».

Claro que muchos le apostillaron; entre ellos, el filósofo y teólogo brasileño Leonardo Boff, quien exhortó al general a «decir toda la verdad: para garantizar a los militares en el poder se montaron órganos de seguridad y represión que secuestraron, torturaron y asesinaron (…)».

Aunque algunos observadores estiman que la probabilidad de una salida de Bolsonaro del Palacio de Planalto resulta muy incierta, lo concreto es que una crisis política pudiera estarse destapando, catapultada por una enfermedad que ha puesto de cabezas al planeta. En tal caso, las consecuencias también podrían ser funestas para Brasil.

En Juventud Rebelde

 

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