Palos a ciegas

Inusitado y atípico, el asalto de la derecha trumpista a la sacrosanta sede del poder legislativo norteamericano el pasado 6 de enero, suena a un final nada bien calculado por el díscolo presidente y sus más allegados colaboradores.

Y aunque entre los extremistas y confundidos adeptos de Donald Trump se hable ahora de una “revancha” para el cercano día 20 durante la toma de posesión de Joe Baiden y Kamala Harris, lo cierto es que las posibilidades de efectos nacionales reales parecerían a estas alturas un “aborto de la naturaleza.”

Y es que con el atentado contra el Capitolio, sus destrozos y vandalismos, su saldo en muertos y heridos, los convictos remitidos a los tribunales, y la proyección de la atroz imagen de una idealizada “democracia estelar” reducida de golpe a puro salvajismo, el señor presidente de los norteamericanos se hizo asimismo, a los republicanos y al país, el más flaco de los favores.

Así, si la aventura violenta del 6 de enero fue planeada como una espoleta para hacer explotar la “revuelta” de costa a costa; si se promovió como método intimidatorio; o si se imaginó como la presunta muestra de una airada ética patriótica frente a un sistema político putrefacto, entre otras consideraciones, lo cierto es que el disparo salió por el extremo opuesto del cañón.

Y como buenos “hijos de bodeguero”, apegados al cálculo de los pros y los contras, no queda duda de que en la partida el ególatra mandatario se casó con las fichas malas.

Recordar en ese sentido que el rechazo inmediato a su incitación y comportamiento con respecto a los hechos sobrepasó a sus tradicionales oponentes para sumar hasta miembros de su gobierno en plenas funciones, mientras que en el plano externo la condena internacional ha sido rotunda, incluidos personajes y entidades de leyenda en eso de batir eternas palmas a favor de Trump…desde el premier sionista Benjamín Netanyahu, hasta la OEA y la OTAN.

El propio vicepresidente Mike Pence, ahora objeto de repudio por su jefe, confirmó que antes que la fidelidad a un Número Uno fuera de sus cabales, le era más conveniente apostar por cuidar su propia imagen y la del partido republicano, en un paso por el que se decantaron de inmediato otras figuras antes timoratas dentro del bando rojo.

Trump, al  embotar su agresividad, irracionalidad e irresponsabilidad, potenció además a Joe Biden como un dirigente alternativo pretendidamente sensato, comedido, y apegado a la convivencia política y la unidad nacional, y terminó -con sus peligrosas e insultantes rabietas sin medida- por facilitar a los demócratas el control absoluto del Congreso y la avenida ancha para ejecutar todos sus proyectos sin resistencia legislativa.

Ha sido tal la vuelta de espalda que enfrenta el ejecutivo saliente, que hasta los más grandes espacios mediáticos locales dedicados a la mensajería pública optaron por rescindir sus cuentas personales a consecuencia de su peligrosa verborrea digital, a lo que se añaden los esfuerzos de figuras y grupos a escala del Congreso y de otras instituciones gringas por someterlo a un juicio político o aplicarle las disposiciones constitucionales que le invaliden lo poco que ya resta para el cierre oficial de su mandato.

Dice ahora Trump que, por segunda vez en la historia norteamericana, se convertirá en un presidente que no participará en la toma de posesión de su relevo elegido en las urnas, pero todo indica que salvo añadir otro estigma a su expediente, poco o nada más logrará con esa actitud de “chiquillo malcriado” con la que finalmente deberá despedirse de la Casa Blanca.

Y es de esperar que, para su mal, seguramente nunca reparará en las motivaciones ni los mecanismos trillados de la añeja y controvertida política interna norteamericana, ni en la realidad de que él mismo se puso la soga el cuello cuando con su egocentrismo creyó poder embaucar multitudes y subordinar al “sistema”, hasta  trocarse en un personaje insoportable, peligroso, repudiable  e inadmisible.

Pie de foto:

El 6 de enero marcó la inflexión definitiva de las aspiraciones trumpistas de mantenerse en la presidencia gringa.

Por Cubahora

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